Por P. Fernando Pascual
Existen muchos tipos de sufrimientos. Hay tres que nos permiten fijarnos en dimensiones importantes de la vida.
El primer tipo de sufrimiento surge desde proyectos que requieren energía, que piden sacrificios, que involucran numerosos aspectos de la vida.
Así, el joven que busca triunfar en el mundo deportivo, acepta los sufrimientos de ciertos ejercicios físicos, de dietas, de encierros, de viajes incómodos. O quien dedica tiempo al voluntariado, perderá seguramente tiempo de descanso y, en ocasiones, encontrará oposiciones y críticas.
El segundo tipo de sufrimiento es, en cierto modo, pasivo, pues surge desde accidentes, o enfermedades, o agresiones (físicas o solo de palabra) que llegan sin que uno busque ni desee empezar un dolor en el cuerpo o en el corazón.
El tercer tipo de sufrimiento quizá tiene un carácter más difícil de comprender y de aceptar, pues surge al ver cómo un ser querido queda atrapado por el dolor, sobre todo si se trata de un niño o de unos padres, de un amigo o de alguien que llevamos muy dentro en nuestro corazón.
El Papa Benedicto XVI abordó algunos de estos sufrimientos en su encíclica Spe salvi (nn. 36-39). Entre sus reflexiones, que en cierto modo tocan los tres tipos de sufrimientos antes mencionados, ofrece horizontes para que la esperanza ilumine situaciones de dolor que resultan especialmente difíciles.
Por un lado, al hablar principalmente del tercer tipo de sufrimiento, el Papa afirmaba lo siguiente:
“La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi n. 38).
Sobre el primer tipo de sufrimiento, conectado con el tercero, Benedicto XVI reflexionaba con estas palabras:
“Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo. Pero una vez más surge la pregunta: ¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo?” (Spe salvi n. 39).
Respecto del segundo tipo de sufrimiento, que surge desde la contingencia y fragilidad de cada uno de acciones humanas que provocan dolor en millones de inocentes, Benedicto XVI subrayada la necesidad de tener esperanza, de abrirnos a una acción que vaya más allá de lo que los seres humanos, con todos sus límites, puedan realizar. Lo explicaba así:
“Pero se trata precisamente de esperanza y no aún de cumplimiento; esperanza que nos da el valor para ponernos de la parte del bien aun cuando parece que ya no hay esperanza, y conscientes además de que, viendo el desarrollo de la historia tal como se manifiesta externamente, el poder de la culpa permanece como una presencia terrible, incluso para el futuro” (Spe salvi n. 36).
El sufrimiento, en sus múltiples formas, aparece continuamente en el horizonte de la experiencia humana, de nosotros mismos, de nuestros seres queridos, de tantos hombres y mujeres que comparten nuestra suerte.
Ante tanto sufrimiento, vale la pena dedicar lo mejor de nuestro tiempo para curar al enfermo, para consolar al triste, para animar al desesperado, para acompañar a quien se siente solo. Vale la pena, además, abrirse a la acción de Dios, que se ha unido, en Jesucristo, a todo sufrimiento humano, y lo ha vencido en la Pascua, que es fuente de esperanza para todos.
Imagen de Michal Jarmoluk en Pixabay





