Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

Del anonimato de la ciudad. Una mujer acudió al cajero de un banco para que le hiciera efectivo un cheque. El cajero, después de llamar a un empleado de seguridad, pidió a la mujer que se identificara. La mujer no salía de su asombro; pero al fin consiguió articular: Pero, Ernesto, si soy tu madre.

De nuestra insensibilidad ante el pobre. Subió un hombre de negocios al autobús y tomó asiento junto a un sesentón que llevaba un solo zapato. Ya veo que ha perdido usted un solo zapato. No, señor, he encontrado uno. ¿De qué sirve tener ojos si el corazón está ciego?

De nuestra habitual vanidad. Un político inglés no dejaba de pedir a Disraeli un título de nobleza. El primer ministro, sin deseos de complacer al inoportuno, se las ingenió para negarle lo que le solicitaba. Siento mucho no darle el título nobiliario, pero puedo darle algo mejor; puede usted decir a sus amigos que le he ofrecido un título de nobleza y que usted lo ha rehusado.

De los que hablan, pero no hacen. Está Diógenes plantado en la esquina de una calle riendo sin parar. ¿De qué te ríes?, le preguntó un transeúnte. ¿Ves esa piedra que está en medio de la calle? Desde que llegué aquí esta mañana, diez personas han tropezado con ella y han maldecido, pero ninguna se ha tomado la molestia de quitarla para que no se tropezaran otros.

De las verdades a medias. El médico: Este dolor que siente usted en la pierna izquierda es producto de su avanzada edad. El paciente: Pero, doctor, si la otra pierna tiene la misma edad.

De nuestra manera de excusarnos. Cuando el dramaturgo Oscar Wilde llegó por la noche a su club, después de asistir al estreno de una de sus obras que había sido un redondo fracaso, alguien le preguntó: ¿Qué tal de estreno, Oscar? Ah, respondió Wilde, la obra ha sido un éxito; lo que ha sido un fracaso es el público.

Del peligro de tener muchas cosas. Si tienes un reloj, sabes qué hora es. Si tienes dos relojes, nunca estarás seguro.

Sagaces, pero no tanto. Cuando se produjo un accidente de tráfico, una multitud se apiñó enseguida, de suerte que un periodista que pasaba por allí no podía acercarse a ver lo que pasaba. Déjenme pasar, soy el padre del accidentado. La gente se hizo a un lado, mientras el reportero abochornado, descubría que la víctima era un perro pastor.

Del error de creernos desconocidos. Preguntó un gurú a sus discípulos si sabían decir cuándo acababa la noche y empezaba el día. Uno de ellos contestó: Cuando ves un animal a lo lejos y distingues si es una vaca o un caballo. No, dijo el gurú. Cuando miras un árbol a lo lejos y puedes distinguir si es un pino o una palmera. Tampoco, dijo el gurú. Dijeron los discípulos: Dinos cuándo es. Cuando miras a un hombre al rostro y reconoces en él a tu hermano; si no eres capaz de esto, entonces, sea la hora que sea, aún es de noche.

De rivalidades, líbranos, Señor. Cuéntase que el poeta nicaragüense, padre del modernismo, Rubén Darío, dijo del escritor español Ramón del Valle Inclán: Sus relatos tienen mucha miga, es un buen panadero. A lo que respondió el español: Rubén Darío tiene una pluma de oro, es un indio.

Artículo publicado en El Sol de México, 18 de enero de 1990; El Sol de San Luis, 27 de enero de 1990.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de marzo de 2026 No. 1600


 

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