Por Rebeca Reynaud
Un sabio escribe: No te enojes porque no puedes hacer a los demás como quisieras, pues tampoco puedes hacerte a ti mismo como quisieras (Beato Tomás de Kempis).
El carácter es un modo estable de ser y de actuar. Todos tenemos carácter, pero no todos tenemos buen carácter, es decir, bien moldeado. Un buen carácter tiene voluntad firme en la dirección adecuada y virtudes. El adolescente busca la gratificación inmediata, por eso hay que proponerles el auto control, que genera paciencia y metas ambiciosas. El adolescente quiere amar y saberse amado.
En sus Confesiones San Agustín dice que el hombre es “un gran enigma” (magna quaestio) y “un gran abismo” (grande profundum), enigma y abismo que sólo Cristo ilumina y colma. Esto es importante: quien está lejos de Dios también está lejos de sí mismo, alienado de sí mismo, y sólo puede encontrarse a sí mismo si se encuentra con Dios. De este modo logra llegar a sí mismo, a su verdadero yo, a su identidad.
“La leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente” (2 Co 4,17).
A veces nos quejamos demasiado. La persona que logra desterrar las quejas, deja fuera los pensamientos negativos, y consecuentemente son más felices. Cuanto más se queja una persona, más se quejan los que están a su alrededor.
Unas personas hicieron un experimento: no quejarse durante un mes. Las quejas contaminan el ambiente. Hay que definir “queja”. Una queja es un comentario que nos hace sentirnos superados por esa realidad. Hay acciones para estar un mes sin quejas: entre ellas, está que traduzcamos las quejas en soluciones. Si hace frío, abriguémonos más, que cada queja vaya acompañada de una solución. Usemos el “pero” positivo. Si se nos escapa una queja, añadamos un “pero” que neutralice lo negativo. “No me gustan las lentejas, pero tienen mucho hierro”. Cambiemos el “tengo que” por el “voy a”. En lugar de “tengo que sacar la basura”, “voy a sacar la basura”. De ese modo eliminamos una obligación y la transformaos en disposición para la acción (artículo: ¿Y si no nos quejáramos tanto?).
¡Cuántas veces nos ha venido bien convivir con una persona antipática o neurótica! Son retos. Viene bien tener cerca una neurótica o un enfermo, pues eso nos va puliendo.
“Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia. Humillaos, por eso, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte” (1 Pe 5, 5-6).
En cada criatura humana hay tres fisonomías; dos de las cuales son sabidas. La fisonomía del rostro que es visible a todos; sin embargo, todos son diferentes. Vemos menos claramente la fisonomía interior del hombre, esto es, la del alma, del temperamento, del carácter, de la inteligencia, etc. Luego está la fisonomía aún más interior del espíritu, es decir, la de su vida o muerte sobrenatural. Esta tercera fisonomía es percibida por muy pocos.
¿Cómo puedo mejorar mi carácter? La respuesta en corto es: Mejora tus hábitos.
Vigila tus pensamientos, se convierten en palabras.
Vigila tus palabras, se convierten en acciones.
Vigila tus acciones, se convierten en hábitos.
Vigila tus hábitos, se convierten en carácter.
Vigila tu carácter, se convierte en tu destino. Frank Outlaw.
Saber querer no es una cualidad de temperamento, sino de hábito: de la caridad y de las virtudes humanas vivificadas por la caridad.
Para amar a una persona hay que conocerla. San Agustín dice: si quieres conocer a una persona, no te fijes en lo que hace y dice; fíjate qué ama, qué desea. Lo que uno desea es lo que uno es. ¿Adónde está el corazón?… allí están tus amores.
El Señor permite momentos de oscuridad, “esto lo deben saber todas, también por el estudio”. Cuando Dios nos quiere más cerca de Él, nos forja y eso implica sufrimiento. Las pruebas son ocasiones de progreso. Nuestro sufrimiento puede servir para hacer mucho bien, aunque no se vea el fruto inmediato. ¿Qué nos pide el Señor en estos momentos? Coger su mano.
A San Josemaría le preguntaron: ¿Cómo ir al paso de Dios sin poner obstáculos? Y el Fundador contestó que hiciera lo que pudiera pero con una sonrisa; que sirviera a las demás sin que de dieran cuenta, y que transigiera en todo lo que no tuviera importancia y no fuera ofensa a Dios. Así, señaló, primero contribuiría a la paz de mi alma, luego a la paz del mundo y sería capaz de hacer un intenso apostolado.





