Por José Luis Oliva Posada

En la entrega anterior se estableció una condición indispensable: sin pensamiento crítico no hay educación apoyada por IAs.

Antes de avanzar, debemos reconocer tres cambios irreversibles en la educación:

1. Pensamiento crítico.

La velocidad actual de generación y transmisión del conocimiento ha superado el modelo tradicional maestro-alumno. Hoy el estudiante debe tender a convertirse en un autodidacta disciplinado, (dominando cuatro componentes, uno de ellos la metacognición) capaz de pensar antes de delegar en la máquina.

2. Trabajo en equipo.

Los modelos pedagógicos clásicos —tradicional, conductista, cognitivista y constructivista— resultan insuficientes ante el volumen de información y la potencia de las IAs. Solo equipos humanos de alto rendimiento, capaces de integrar inteligencias artificiales como miembros disciplinados, pueden responder a este nuevo escenario.

3. Aprendizaje permanente.

El esquema cerrado de etapas formativas ha quedado atrás. Se aprende siempre: en la escuela, en el trabajo, en la vida comunitaria. Hoy todo es educación.

Aceptados estos pilares, podemos abordar el estatuto ontológico de la IA.

Ontología, en el ámbito de las IAs, significa el sistema mediante el cual se organiza la información: clases, atributos, relaciones y reglas lógicas que permiten a la máquina procesar datos, tomar decisiones y producir resultados. Toda plataforma digital (Netflix, Spotifym YouTube…) opera con una ontología propia que determina qué muestra, qué prioriza y cómo recomienda.

Por ello, un católico no puede usar la IA sin definir previamente su estatuto ontológico. Es necesario dotarla de una “mochila de conocimiento”, mínimo con: Catecismo, Sagrada Escritura, Gravissimum Educationis, la carta apostólica Nuevos mapas de esperanza, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico…

No basta con cargar documentos: se requiere entrenamiento riguroso para evitar errores, sesgos y alucinaciones. Este es el núcleo: reconocer que la IA no posee conciencia, alma ni voluntad. Es un procesamiento avanzado de lenguaje. Su valor depende de la estructura que el humano le imponga y el entrenamiento que le proporcione.

La cuestión no es si la IA es buena o mala. La cuestión es quién la forma, con qué criterios y bajo qué autoridad moral. Una ontología débil produce resultados brillantes pero peligrosos; una ontología firme produce herramientas útiles y confiables.

La Iglesia siempre ha sabido que toda herramienta poderosa exige virtud proporcional. La imprenta multiplicó la Palabra, pero también la herejía. La red digital multiplica la información, pero también la confusión. La Inteligencia Artificial no es excepción.

El autor es ingeniero especializado en implementación de software empresarial de misión crítica. Es Project Manager Professional (PMP) del Project Management Institute (PMI), el referente más serio y reconocido a nivel mundial en administración de proyectos.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de marzo de 2026 No. 1599

 


 

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