Por Arturo Zárate Ruiz

Cuando fui niño no se había erradicado la poliomelitis. No existía tampoco la vacunación efectiva en México. Y vivía tía Luz, hermana de papá.

Contrajo ella la enfermedad ya grande, como a los 22 años. Murió mucho después. Mi abuela, su madre, todavía se sostenía en pie. Aunque ochentona y muy flaquita, nadie como ella podía darle a tía Luz la atención amorosa que requería.

En esos años, no pocos amigos de mi edad contrajeron el padecimiento. Unos murieron pronto. Otros lo han hecho muy recientemente sin —en el curso de sus vidas— dejar de verse muy mermados por su discapacidad (la que no les impidió, gracias a Dios, ser muy capaces en muchas otras áreas).

Pero las epidemias pueden ser atroces. La mitad de la población en México se murió en el siglo XVI por la llegada del sarampión y de la viruela. Algo similar había ocurrido en Europa en el siglo XIV por la llegada allí de esas enfermedades.

Para bien, con las vacunas los contagios más diversos se frenaron.

Aun así, la poliomelitis ha regresado. Podría explicarse el hecho por su ocurrencia en zonas de guerra y de mucha marginación, como Afganistán, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán del Sur y Yemen.

Lo más triste es que las epidemias también vuelven por la insensatez de muchos enemigos de las vacunas. Destacan los “ciudadanos anti-vacunas”. Nueva York declaró en 2022 una emergencia tras detectar el primer caso de poliomielitis paralítica en casi una década. Se halló el virus en aguas residuales, indicando una transmisión comunitaria. El caso se originó en el condado de Rockland debido a bajas tasas de vacunación (menores al 60%), lo que resalta la amenaza constante de la enfermedad en zonas con baja inmunización.

La insensatez raya en la locura tras la aceptación de mentiras descabelladas, como las que admiten aun personas “muy educadas” de que las vacunas no son sino un “chip” que el gobierno, las corporaciones internacionales o aun los alienígenas nos insertan para así localizarnos y manipularnos.

En México el riesgo de infecciones persiste porque se desoyen las medidas a tomar. Lo evidencia lo que ocurrió con el COVID. El Presidente entonces salió con lo de la “austeridad republicana”, por lo que se resistió a pagar el costo de las vacunas y dijo que haría la suya, que llamaría “Vacuna Patria”. Si es que finalmente la produjo, la tuvo después de atole, con muchas muertes que pudieron haberse evitado. Su irresponsabilidad criminal también ha permitido el regreso en México del sarampión, que no es cualquier resfriado. El sarampión puede provocar sordera y aun matar.

Si la Iglesia cuestiona alguna vacuna, sólo lo hace cuando se obtienen de la manipulación de fetos abortados a propósito. La Iglesia no considera que las vacunas sean dañinas intrínsecamente. Más bien, promueve la búsqueda de vacunas éticamente aceptables. La posición católica subraya que la vacunación no es solo un derecho individual, sino un acto de responsabilidad social que sólo exime a quienes no pueden vacunarse por razones médicas.

En pocas palabras, no vacunarme deja de ser un asunto individual. Si me contagio, aún cuando no se manifieste la enfermedad, me convierto en un foco de infección para muchos otros, promoviendo la propagación del mal y aun la muerte de muchos vecinos.

En México no es excusa el no vacunarnos. Contamos con un sistema de salud que nos permite hacerlo y sin costo. Actualmente pueden identificarse en muchos centros comerciales los puestos de vacunación del gobierno contra la influenza. Y no fantaseemos con que ésta es cualquier gripita. La influenza puede matar. Vacunémonos. Duele un poquito el piquete, y tal vez se inflame mínimamente, pero se evita la enfermedad, la cual es nueva cada año. Los adultos mayores no deben huir de la vacuna. Más aún cuando “enero y febrero…” (el que entendió, entendió).

En cuanto a la poliomelitis, recordemos y agradezcamos su vacuna a Jonas Salk. Después de años de trabajo incansable, en 1953 anunció una vacuna efectiva contra la polio. En 1954, llevó a cabo un ensayo sin precedentes: 1.8 millones de niños participaron en lo que se conoció como el “Ensayo de la Vacuna Salk”.

Cuando los resultados fueron analizados, el veredicto fue claro: la vacuna funcionaba. Era segura. Era efectiva. Era la esperanza hecha realidad.

 
Imagen de Spencer Davis en Pixabay


 

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