Por P. Fernando Pascual
Muchas veces hemos sido acogidos con cariño. El corazón, entonces, experimentó paz, alegría: alguien se interesaba por nosotros, alguien nos quería como somos.
Si ser acogido me hace feliz, puedo aprender a acoger a otros, necesitados, como yo, de cariño.
No resulta fácil acoger a otros en un mundo de prisas, donde nos hemos llenado de actividades: leer noticias, salir de compras, hacer deporte, conversar en redes sociales sin mayor interés.
Existe el peligro de ver al otro como quien altera mis planes, como quien me impide esa lectura que tanto me apasiona, como quien interrumpe un buen “rating” de pasos al día…
Podemos superar ese peligro si reconocemos en el otro a un hermano que, como nosotros, desea ser escuchado, acogido, mirado con ese cariño que desarma corazones y genera simpatías.
No siempre tendré las mejores disposiciones para acoger a quien aparece en mi horizonte. Hay días en los que el cansancio o cierta frustración me empujarán a encerrarme para lamer mis heridas.
Pero incluso entonces podré descubrir, con sorpresa, que hay dentro de mí fuerzas para dar una sonrisa, ofrecer un rato de escucha, responder con atención ese mensaje que llega cuando menos lo esperaba.
Además, si pido ayuda a Dios, que es el gran Acogedor, seré capaz de abrir mi corazón a tantas historias, a tantas necesidades, a tantas lágrimas, que empiezan a experimentar algo diferente simplemente por el hecho de que alguien les trate con cariño sincero.
Suena el teléfono. Quizá no estoy con ganas de responder a quien, seguramente, me repetirá la misma historia. Pero ese alguien ha pensado en mí para recibir un poco de consuelo y de respeto.
Voy a responder. Pido a Dios que me haga no solo paciente, sino que ilumine mi interior, para que ofrezca a una persona esas palabras de acogida y de afecto que tanto necesita en este momento de su vida.

