Por Arturo Zárate Ruiz

En tiempo de Pascua recordamos a Santo Tomás Apóstol por haber dudado de la Resurrección de Jesús. Se olvidó de los innumerables milagros previos de su Señor, y dijo que no creería hasta haber tocado con sus dedos las llagas de la Crucifixión y haber insertado su mano en la llaga del Costado. El susto que se llevó cuando Nuestro Señor se le apareció y le ordenó que hiciera lo que había propuesto. Santo Tomás Apóstol no tuvo más que reconocerlo y exclamar “Señor mío y Dios mío”. Lo que no le salvo de una final reprimenda: “Dichosos los que creen sin haber visto”. No dejó por ello de ser un gran apóstol. Se encargó de evangelizar la India. Fundó varias iglesias en la costa de Malabar, las cuales los portugueses que llegaron allí en el siglo XV encontraron activas y florecientes.

Hay otros tomases que fueron bautizados así para ponerlos bajo su intercesión y protección, y también fueron santos.

Entre los más conocidos se encuentra Santo Tomás de Aquino (1225-1274). De gran alcurnia, pariente de la realeza, se sobrepuso a la violenta oposición de su familia (lo encarcelaron) a convertirse en “pobretón” fraile dominico. Fue además gran filósofo y teólogo. Se le considera el doctor más importante de la Iglesia. Es autor de la Summa Theologiae y el mejor exponente de la escolástica. Aunque creer que Jesús es Dios dependa de la fe, mostró cómo era asequible a la razón la existencia de Dios, Creador y Sostén del universo. Fue además un gran poeta. Compuso varios himnos eucarísticos al Santísimo Sacramento, entre ellos, el Pange Lingua, el Anima Christi y el Adoro te devote. Aunque corpulento, se elevaba varios metros en éxtasis durante su adoración del pan y vino consagrados. Si al morir santa Rita pidió que le trajeran higos fuera de estación, santo Tomás quiso sardinitas frescas, también bastante fuera de estación. Milagrosamente encontraron unas y otras, y los complacieron, a cada cual en su momento.

Tenemos además a santo Tomás Becket (1118-1170). Era amiguísimo, aun compañero de travesuras, del rey Enrique II, de Inglaterra, por lo que lo convirtió en Canciller del reino. Entonces, Becket era ya clérigo y, como tal, se opuso públicamente a la avaricia sacrílega del monarca, quien se dedicaba a saquear templos para enriquecerse. Habiendo el rey expresado su deseo de verlo mejor muerto, sus caballeros, tomando sus palabras en sentido literal, acuchillaron al santo hasta morir en la mismísima catedral. Exclamó justo antes “Acepto la muerte por el nombre de Jesús y por la Iglesia”. Por ello es considerado mártir. Es representado con una espada, símbolo de la forma en que murió, o con elementos de un obispo católico.

Santo Tomás Moro (1478-1535) fue también un político inglés, y, además, escritor y humanista. Es autor de Utopía. Fue Canciller de Enrique VIII, quien lo ejecutó por negarse Moro a desconocer la autoridad del Papa en lo que concierne las verdades de la fe (el pontífice no autorizó el divorcio del monarca, y, aunque hubiese querido, no le era posible). También el monarca ejecutó a Moro por negarse a aceptarlo como cabeza de la Iglesia Anglicana, separada de Roma.

Santo Tomás de Villanueva (1488-1555): Fue un fraile agustino y arzobispo de Valencia, reconocido por su inmensa caridad hacia los pobres. Decía: “¿En qué otra cosa puedes gastar mejor tu dinero que en pagar tus culpas a Dios, haciendo limosna? Si quieres que Dios oiga tus oraciones, tienes que escuchar la petición de ayuda que te hacen los pobres. Debes anticiparte a repartir ayudas a los que no se atreven a pedir”. De sus dotes de predicador, el emperador Carlos V señaló: “Este Monseñor conmueve hasta las piedras”. Fue quien envió a los primeros hermanos agustinos a evangelizar México.

Santo Tomás de Cori (1655-1729) fue un fraile franciscano italiano, conocido por su labor de predicación. De él cabe destacar que Dios no premia en vida a sus santos. Le negó los alivios que a muchos otros bienaventurados ofreció. Su vida de oración estuvo marcada por una aridez persistente de espíritu. La ausencia total de consuelos sensibles en la oración y en su vida de unión con Dios, se prolongaría durante más de cuarenta años. No por ello perdió la serenidad y su radical vivencia del primado de Dios.

 


 

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