Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

‘El sagrado triduo pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor, comienza con la misa vespertina del Jueves santo o de la Cena del Señor, tiene su centro en la Vigilia pascual y se acaba con las vísperas del domingo de Resurrección’.

‘Ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la redención de los hombres y de la glorificación perfecta de Dios principalmente por su misterio pascual, por el cual, al morir destruyó nuestra muerte y al resucitar reparó la vida…’ (Cf Ceremonial de los Obispos y Normas Universales del Año Litúrgico y el Calendario).

Contemplamos y celebramos en este misterio pascual, la obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios.

En el Jueves santo, la última cena con sus Apóstoles, se principió la Nueva pascua de la Nueva Alianza, eterna y definitiva. La pasión, muerte y resurrección del Señor, anticipada sacramentalmente en la primera Eucaristía, celebrada por Jesús.

En este día nos ofrece tres regalos que lo implican a sí mismo, su ser sacerdotal y victimal: Se entrega a sí mismo por la institución de la Eucaristía, la institución de su sacerdocio prolongado en la vida y ministerio de sus sacerdotes, y el mandamiento nuevo de la Caridad, de amar como él, significado en el lavatorio de los pies; es el Siervo que da la vida por todos.

El ser y el quehacer sacerdotal, implica estar en la presencia de Dios y hacerse cargo de la humanidad, desde Cristo, por él y con él.

Por eso un deber imprescindible es celebrar la liturgia y administrar los sacramentos con una vivencia interior, dóciles al Espíritu Santo, de modo que sea el alma de la vida, lejos de rutinas enajenantes, según el ars celebrandi, -el arte de celebrar, del Papa san Pablo VI.

La vida y el ministerio del sacerdote, según el Corazón Sacerdotal de Jesús, exige la cercanía con él, al estilo de él y la cercanía con los hermanos, los humanos.

La santa Eucaristía, es Cristo mismo sacramental, realiter et substantialiter, real y sustancialmente, con su cuerpo, su alma y su divinidad, según nos define el concilio de Trento. Es Alianza de comunión con él y con nosotros, para transformarnos vitalmente en él.

A través del signo del lavatorio de los pies, Cristo nos purifica por su palabra y su amor, por el don de sí mismo, a través de esta acción propia de esclavos; él es el Siervo de Yahvé, siendo de condición divina tomó condición de esclavo.

Él quiere nuestra trasformación,-metabasis,  en él mismo; por eso es necesario actuar como él. Esta es la dinámica de la nueva vida en él.

Dios siempre se da, es don para nosotros y nosotros no podemos permanecer pasivos, sino debemos igualmente ser nosotros don vivo para los demás. Este es el sentido del mandamiento de la Caridad: amar como Jesús amaba. Esta es la mentalidad de Jesús nuestro Señor.

Jesús nos amó y nos ama hasta el extremo; se arrodilla, se abaja hasta someterse a la pasión y muerte Cruz. Este amor nos purifica, con su agua y con su sangre, para ser receptores de Dios, vivo y verdadero; de Dios, uno y trino, Dios Amor. La relación subsistente de las divinas personas es la mutua entrega y mutua donación de amor, fuente, raíz y cumbre de la vida auténticamente cristiana, de la mística cristiana.

 
Imagen de leandro_monsieur en Pixabay


 

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