Por P. Alejandro Cortés González-Báez

En las últimas décadas ha aumentado el número de divorcios. Por lo cual nunca estará de más profundizar en esta triste realidad que, suele ser la puerta de escape de las crisis matrimoniales. Una puerta de escape en un avión es algo que solamente en situaciones de gravedad excepcional debe usarse.

¿Puede usted imaginar algo más triste para una persona casada que su cónyuge le venga un día con que: “No soy feliz”; “ya no te amo; “es imposible seguir viviendo así? Todos tenemos muy grabadas en nuestras retinas las escenas del derrumbamiento de las torres gemelas de Nueva York, pues esas son las imágenes gráficas de lo que sucede en el alma de tanta gente cuando les dicen “eso”. Es decir, cuando le echan abajo las ilusiones que durante años los habían mantenido luchando por el motivo que le daba sentido a sus vidas.

Las crisis de pareja suelen coincidir, o ser el resultado, de crisis personales: crisis de identidad, de inmadurez, crisis profesionales, económicas, ante la falta de cariño, atención y comprensión. Crisis ante la falta de reconocimiento al descubrir la desilusión provocada por las elevadas expectativas de la pareja, y que no se pueden satisfacer ya que no se es tan inteligente, bonita, educado, trabajador, cariñoso, tan solvente económicamente hablando, tan delgada, y es entonces cuando llegan a plantearse —según ellos—-“la ruptura total”, es decir: el divorcio.

Cuando, como sacerdote, tengo que atender casos en los que la solución parece inevitable, suelo cuestionar: “Pero vamos a ver, ¿en este momento hay prisa para decidir sobre el divorcio?” y casi siempre la respuesta es: “¿Prisa? No, pero es que él, o ella, ya no quiere esperar más”. “De acuerdo pero, insisto, ¿Hay prisa?” Si la respuesta sigue siendo: No, entonces sugiero aplazar más la decisión acordándome de una sabia premisa que dice: “Las cosas importantes pueden esperar, y las muy importantes deben esperar”.

En algún lugar leí lo siguiente: “Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo cortó. Pero luego, en la primavera, pudo darse cuenta, con gran tristeza, que al tronco marchito le brotaron retoños. Mi padre dijo: “Estaba yo seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Hacía tanto frío, que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba en él la vida.” Y volviéndose hacia mí, me aconsejó:

“Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión negativa en tiempo adverso. Nunca tomes las más importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá”.

Hasta aquí no he mencionado las repercusiones que se dan en los hijos de quienes se divorcian. Sobre ellos se han escrito, y se podrán seguir escribiendo muchos, y muy tristes libros.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 19 de abril de 2026 No. 1606

 


 

Por favor, síguenos y comparte: