Por Juan Ramón Gómez Pascual, cmf
12 de abril de 2026 (2º T P A).
“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y diciendo esto les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados y a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.
Domingo. Día primero de la semana. El grupo de los creyentes está reunido, y Jesús recién resucitado se hace presente en medio de ellos. Les da su paz, les comunica su Espíritu y les envía tal como el Padre le envió a él, con poder para perdonar. Ellos se llenan de alegría y cuentan a los demás que han visto al Señor. Alguno no está presente y no se lo cree. Necesita ver y tocar para creer.
Hoy es domingo, día del Señor. Desde los primeros momentos del cristianismo, nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, que “acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón”. Unidos no solo por la presencia física, sino por la fe común. Llenos de alegría. Y es nuestra fe la que realiza la presencia del Señor Resucitado en nuestras vidas. (Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos). Nos dará la paz, su Espíritu y la capacidad para perdonarnos. Y nos enviará al mundo.
¿Soy consciente de lo que sucede, de lo que celebro, cuando celebro la misa del domingo? ¿Con qué animo acudo a la celebración? ¿Necesito, como santo Tomás, de otros signos palpables? ¿Es la fe de la comunidad, del grupo de creyentes, un apoyo para mis dudas? ¿Salgo de la celebración lleno de alegría?
Que la presencia del Resucitado, Señor de la Vida, impulse nuestra fe y nos llene de esperanza.
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