Tras 4 años de guerra, en Cáritas Ucrania enseñan a ayudar sin romperse, a desconectar del trauma para servir mejor al necesitado.

Bomberos, médicos, militares, sacerdotes, rescatadores entre ruinas y escombros… son profesiones que pueden ver cosas horrendas cuando intentan ayudar a las personas. En Ucrania, tras 4 años completos de guerra, muchos muertos y heridos y bombardeos diarios, tienen mucha experiencia. Por fuerza y triste necesidad, son verdaderos maestros.

No se puede estar en el horror 24 horas al día, 7 días a la semana. ¿Qué siente un rescatista al regresar a casa después de remover los escombros, donde acaba de sacar a una persona con vida, o quizás aún no?

Se necesitan herramientas mentales para actuar en el momento, ayudando. Y luego, saber desconectar y reponerse.

La Biblia, en Proverbios 17, 22, destaca la conexión entre el estado emocional y la salud física: “El corazón alegre constituye buen remedio; pero el espíritu triste seca los huesos”. Por desgracia, en una guerra, o en una catástrofe continua, o una enfermedad prolongada, hay golpes que empujan una y otra vez a ese “espíritu triste”. Varios expertos consultados por Cáritas Ucrania explican cómo reducir este daño y atajar ese “espíritu triste”.

La experiencia no crea inmunidad

Todas las expertas consultadas (las 4 son mujeres) coinciden: los años de experiencia no llevan a acostumbrarse ni protegerse contra el impacto. La protección se consigue con una serie de herramientas y decisiones. La resiliencia psicológica no es un rasgo de carácter, sino una habilidad que se va mejorando con la práctica cotidiana y consciente.

Por ejemplo, un psicólogo o un sacerdote pueden escuchar terribles historias de pérdida y violencia. Eso puede llevar a la llamada “fatiga por compasión”. Por mero cansancio, disminuye la empatía, aparece la irritabilidad y desaparece el sentido de propósito en el trabajo. Trabajarán mal, serán menos eficaces o incluso perjudiciales.

La psicóloga Ksenia Bukhanets señala que para poder ayudar, el consejero o psicólogo debe cuidar su propia salud.

Proponen la empatía regulada, que es la capacidad de comprender al otro sin dañarse uno mismo. El acompañante, confesor o psicólogo ha de poder decir: “Estoy presente y lo entiendo”. Pero no ha de poder decir “lo estoy viviendo por ti”. Cuando un especialista empieza a llevarse las emociones consigo después del trabajo, es una señal de que se ha traspasado ese límite.

Una rutina para desconectar

Olena Bidovanets, psiquiatra y experta en atención psicosocial de Caritas Ucrania, ha visto y escuchado cosas muy duras. Ella indica que, para desconectar, es muy útil tener un ritual que indica que terminó su jornada laboral: un paseo después del turno, una ducha, una anotación en el diario… un gesto simbólico de que se pasa a otro registro de la vida.

Todos los expertos dicen que se necesitan rutinas regulares, aunque sean muy sencillas: dormir lo suficiente, moverse con regularidad, mantener una rutina estable, realizar ejercicios de respiración, limitar la sobrecarga de información… Un rato de oración, a ser posible en un momento fijo del día, ayuda mucho a marcar esa regularidad.

Por el contrario, engancharse a las pantallas a consumir noticias sobre la guerra y otros desastres impide descansar y agota al cerebro y el espíritu.

Activadores del trauma

A veces, el sonido de una sirena, una fotografía o una frase —cualquier cosa que recuerde una experiencia traumática previa— es suficiente para que el sistema nervioso reaccione como si el suceso estuviera ocurriendo de nuevo. Ansiedad, desconcierto, problemas para dormir, pensamientos obsesivos, taquicardia, tensión o náuseas… el cuerpo reacciona incluso antes que la conciencia. Periodistas, médicos, trabajadores sociales, rescatistas y psicólogos, que han tratado con personas muy golpeadas, pueden acumular este efecto también.

Tras la emergencia, la tensión disminuye gradualmente. Pero al ver vídeos o noticias, se liberan las hormonas del estrés sin poder realmente correr, actuar o ayudar. Da sensación de impotencia y se acumulan las situaciones de estrés no liberado. Eso lleva al agotamiento emocional, la insensibilidad o a problemas para dormir.

Activadores del reposo

La buena noticia es que los mismos mecanismos neurobiológicos funcionan en las experiencias positivas. Así, cuando vemos fotos agradables, quizá de nuestra familia, de seres queridos, se activan los sistemas de recompensa y se liberan hormonas del bienestar como la dopamina y la oxitocina. El cuerpo responde con relajación y una sensación de seguridad. Cabe suponer que lo mismo sucede con un icono o imagen sagrada, de un Cristo, de la Virgen, que se asocien con alivio, fortalecimiento, reposo… y más si se reza con ellas.

También eso es una herramienta para poder mantener fuertes en la adversidad y seguir ayudando.

Artículo publicado originalmente en religionenlibertad.com

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 19 de abril de 2026 No. 1606

 


 

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