Por P. Fernando Pascual
Para algunos autores antiguos, entre amigos todo sería común. En ese “todo” se incluye algo que es muy fácil de compartir: lo que sabemos.
La idea se encuentra en los Diálogos de Platón. Si queremos a alguien, le ofrecemos aquellos dones más valiosos. Entre esos dones están los propios conocimientos, en cuanto sirven como guía para vivir de la mejor manera posible.
Seguramente tenemos experiencia de lo que significa recibir y dar conocimientos con los amigos. A veces se trata de cosas materiales: hemos encontrado una buena oferta de camisetas, y en seguida la comunicamos a otros por si les puede servir.
Otras veces se trata de habilidades técnicas: aprendimos un modo de usar el teléfono móvil que ahorra la batería y acelera el funcionamiento de varios programas a la vez.
Existe un ámbito más íntimo y más valioso: convicciones que ayudan a encontrar el sentido de la vida, que demuestran la importancia de la ética, que explican verdades religiosas.
Quizá en algunos hay cierto miedo a compartir la propia fe. Es fácil enviar un mensaje que da a conocer buenas rebajas en una tienda del barrio. Es más difícil iniciar un diálogo que permita abrir un horizonte a las verdades de la fe.
Pero si hay una auténtica amistad, compartir no solo informaciones “pacíficas” (que no generan polémicas), sino otras más serias y, a veces, difíciles de aceptar, sería un gesto hermoso que manifiesta nuestro deseo de ayudar al otro.
Compartir nuestra fe en Dios resulta fácil si hay amor de amigos, si deseamos que lo que hemos recibido gracias a otros llegue a ser también patrimonio de quienes llevamos en nuestro corazón.
Compartir lo que sabemos sobre Dios Padre, sobre Jesucristo, sobre la Iglesia, cuando se basa en la amistad, se hará desde el respeto, sin imposiciones, como quien abre un horizonte que creemos valioso para el otro.
Luego, cada uno acogerá o no acogerá lo que le ofrezcamos. Pero la experiencia de compartir lo que sabemos sobre Dios y sobre el sentido pleno de la vida humana es siempre una señal de amistad, porque ofrecemos al amigo uno de los tesoros más grandes que pueda recibir en su corazón.
Imagen de Long Nguyen en Pixabay

