Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Jesús dice una frase enigmática, ‘Me voy pero regresaré con ustedes’ (Jn 14, 28), en su discurso de despedida.

Si morimos ya no tenemos retorno; Jesús muere, pero vuelve de una forma extraordinaria e inaugura un nuevo modo de presencia entre nosotros.

Ya no existirán muros de separación entre nosotros y él; por la Cruz se inicia su Señorío, como Mesías y Señor, -Kyrios, en virtud de su resurrección para estar con nosotros en la temporalidad de ayer, de hoy y para siempre y con su omnipresencia en todo lugar. San Pablo señala ese misterio de comunión con Cristo: ‘ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’ (Gál 3, 28). Así por el bautismo nos convertimos en uno con Cristo. Él une su vida gloriosa con nuestra propia vida, para ser en él una nueva creatura. Por eso tenemos un solo Señor, sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre (cf Ef 4, 5).

Como bautizados, tenemos una nueva identidad, un nuevo núcleo de identidad personal y compartida en la Comunión con la Iglesia.

Por eso hemos de valorar la solemnidad de las solemnidades, la fiesta de las fiestas, ‘la Vigilia Pascual, Madre de todas las vigilias’ (Pío XII).

Para recalcar este misterio de comunión con Jesucristo, Mesías y Señor, es elocuente la afirmación de san Pablo, consepultados y conresucitados con Cristo: ‘En efecto, fuimos sepultados con él en la muerte por el bautismo, para que así como Cristo resucitó de ente los muertos por el glorioso poder del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido incorporados a una muerte como la de Cristo, lo seremos también en una resurrección como la suya…’ ( Rm 6, 4-5; Col 2, 12).

La celebración de la Vigilia Pascual, -y en la cincuentena pascual, pone al Cirio Pascual o Lucernario como el símbolo privilegiado de este misterio de la Resurrección del Señor que nos involucra.

Se bendice el fuego nuevo que hace la luz, la luz del Cirio Pascual, para hacer la procesión a través del templo en oscuridad de la noche para ser iluminados por Cristo, verdadero lucero de los tiempos nuevos y mesiánicos. La luz ha vencido a las tinieblas. Se entona solemnemente y con suma alegría el Pregón Pascual, que canta la Victoria de Rey tan poderoso.

Se escucha la Palabra de Dios proclamada para un encuentro profundo de comunicación con Dios en la Iglesia.

Se da en las lecturas una visión panorámica por la Historia de la Salvación.

Se comienza con el relato del Génesis, relato de la Creación, profecía ‘in nuce’, porque el origen del universo y del ser humano imagen y semejanza de Dios, es fruto del amor creador y omnipotente de Dios; se supera el séptimo día del descanso por el encuentro con Jesucristo el primer día, el Domingo, día del Señor; Jesús se encontró con los suyos, precisamente el domingo, como Resucitado. Lo tocan, comen con él. Él inaugura una nueva forma de vida.

Con Cristo Resucitado, Señor-Dios y Mesías, la verdad supera a la mentira, el amor es más fuerte que la misma muerte, la razón y la libertad, sobre la irracionalidad y la esclavitud perversas.

Se Bendice el agua y se renuevan las promesas del bautismo para ser rociados en el manantial de la vida iniciada por el Resucitado. La antífona es elocuente: ‘Vi brotar agua del lado derecho del templo. Aleluya. Vi que todos aquellos que recibían el agua, surgía una nueva vida y cantaban con gozo: Aleluya, aleluya’. Evoca un texto de Ezequiel con una visión del Apocalipsis. El lado derecho evoca el Costado de Cristo crucificado y ya glorificado, Nuevo Templo de la Nueva Alianza.

 
Imagen de Adina Voicu en Pixabay


 

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