Quizá creemos ser hombres o mujeres de paz y, sin embargo, nos descubrimos envueltos en una comunicación agresiva y violenta.
Hemos hablado en varias ocasiones de la envidia digital: las palabras impregnadas de esta negatividad son como veneno para nuestras relaciones. Hoy seguimos profundizando, ofreciendo siete pistas para comenzar a purificar nuestro lenguaje.
1. Matar metafóricamente: “Para mí, él/ella está muerto/muerta”
No hemos matado a nadie. No físicamente. Y, sin embargo, quizá dentro de nosotros sí lo hemos hecho. Ese familiar, amigo o compañero nos ha decepcionado hasta tal punto que no queremos saber nada más de él o de ella. Y llegamos a pronunciar frases duras como: “Para mí, está muerto”. Es el emblema de un lenguaje de guerra que, en vez de poner el acento en cómo nos sentimos ante el mal y en buscar una solución, lo pone en la condena que creemos que el otro merece.
¿Cómo desactivarlo? No se trata de fingir que el mal no ha existido, sino que, si queremos vencer la tentación del odio, podemos desplazar el acento del mal que deseamos a la persona, hacia el dolor que sentimos y el bien que anhelamos. Un lenguaje propositivo ayuda a construir relaciones distintas.
2. Deshumanizar: “Esa no es una persona: es un monstruo, un animal”
Hay personas —las conozcamos o no— que cometen actos brutales. Basta encender la televisión o abrir un periódico para ver que, a menudo, el ser humano traiciona su vocación al amor. El juicio, entonces, es muy fácil. “Bestia”, “monstruo”, “ogro”: son algunos de los calificativos que nos salen de forma instintiva y que, a veces, nos parecen inevitables.
Sin embargo, en cada una de esas personas permanece una promesa de bien que ni siquiera el autor de los crímenes conoce. Si hemos entendido que la persona nunca es su pecado, intentemos evitar las etiquetas —por muy verosímiles que parezcan— y condenemos únicamente las malas acciones: “Ese gesto es cruel”, “Esa acción es despiadada”. De este modo recordaremos, a nosotros mismos y a quienes nos escuchan, que el mal nos esclaviza, nos destruye, pero no es la verdad definitiva sobre nadie. Existe la posibilidad de redención: empecemos a creerlo nosotros mismos, también cuando hablamos.
3. Dejar de llamar al otro por su nombre o poner en duda su valor
A veces la rabia y el desprecio nos llevan a utilizar palabras denigrantes hacia una persona. No nos damos cuenta de que, al hacerlo, la grosería nos define a nosotros y nos transforma. Nos mancha y nos aleja del bien al que estamos llamados. Nos define a nosotros, no a la persona de la que hablamos.
Cuántas veces, además, ante alguien que nos parece perezoso o poco capaz, terminamos sentenciando que es una persona inútil.
No hay nada peor que pensar que alguien no sirve para nada: deberíamos recordar que esta sensación tan incómoda está en la raíz de muchos suicidios. La misión de cada uno de nosotros es ayudarnos mutuamente a descubrir nuestros talentos y competir en estimarnos unos a otros (Romanos 12,5-16).
4. Utilizar amenazas o maldiciones
Puede ocurrir en cualquier sitio, en la cola de correos, en el supermercado, en el autobús, mientras conducimos: pequeñas o grandes amenazas, así como maldiciones más o menos sentidas, pueden salir de nuestra boca. No es solo una cuestión de palabras, que quizá mueren ahí mismo, es una cuestión de cómo queremos habitar nuestras realidades. Las personas que maldicen y odian, incluso por cosas pequeñas, se revelan, a largo plazo, como personas antisociales.
5. Negar un saludo: fingir que el otro no existe
Otra manera de decirle a alguien que está muerto o que no existe es negarle deliberadamente un saludo. A veces lo hacemos por un sentimiento de superioridad, otras por rencor; en ambos casos, estamos levantando muros, la antesala de toda guerra, verbal o no.
6. Alegrarse por un fracaso, menospreciar al otro o sus sentimientos (¡también a sus espaldas!)
“¡Qué alegría que le haya pasado esto!”: es la satisfacción por el fracaso, la dificultad o el dolor de otro. Independientemente de quién sea esa persona, esta actitud enciende guerras. Nos hace posicionarnos abiertamente contra la vida de alguien.
También ocurre que miramos los éxitos de los demás como si fueran inmerecidos y difundimos rumores sobre lo poco que vale esa persona: lo que ha conseguido es solo cuestión de suerte, y no perdemos ocasión de decirlo. Esta envidia, expresada en cualquier circunstancia posible, genera un clima de guerra.
7. Sentirse superior; insistir en las justificaciones sin pedir nunca perdón
Otra actitud que genera un clima negativo es utilizar los diálogos y las conversaciones únicamente para ensalzarse a uno mismo: cualquier ocasión es buena para traer la atención de todos hacia nosotros. No nos damos cuenta de que, al hacerlo, creamos una distancia insalvable: nosotros arriba, todos los demás abajo.
La falta de humildad, también en nuestro modo de comunicar, complica las relaciones: si no somos capaces de pedir perdón y nos extendemos únicamente en justificaciones, las personas sentirán una gran dificultad para crecer en confianza con nosotros. Pedir perdón es uno de los modos más eficaces de desactivar una guerra verbal. Al fin y al cabo, todas las guerras nacen de la absurda pretensión de tener siempre y únicamente la razón.
Artículo publicado originalmente en familyandmedia.eu
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de abril de 2026 No. 1604

