Recordar para no repetir: A 100 años de la Cristiada
Por Víctor Cabrera Urbina
Si el 4 de febrero de 1928 marcó el inicio visible del levantamiento en Colón, Querétaro, su significado rebasó ampliamente los límites municipales. Lo que ocurrió ese día fue la manifestación regional de un conflicto que impactó a toda la diócesis de Querétaro, territorio que abarca el estado de Querétaro y el noreste de Guanajuato.
La confrontación entre el Estado mexicano y la Iglesia, intensificada tras la aplicación rigurosa de la legislación anticlerical, produjo un ambiente de tensión creciente. El cierre de templos, las restricciones al ministerio sacerdotal y el destierro de autoridades eclesiásticas generaron una profunda inconformidad social. En respuesta, surgieron organizaciones defensoras de la libertad religiosa y comenzaron a formarse redes de apoyo que, en algunos puntos del país, desembocaron en levantamientos armados.
El Pinal del Zamorano: baluarte de la resistencia
En Querétaro, el foco articulador fue Colón. La reunión de voluntarios en las inmediaciones del rancho El Derramadero, aquella tarde del 4 de febrero de 1928, fue el punto de arranque. La marcha hacia el centro del pueblo, el enfrentamiento inicial con la policía municipal y la toma momentánea del espacio cívico marcaron el comienzo formal del movimiento en la región.
El repique de campanas no fue un gesto improvisado: fue una señal pública de ruptura. Se cortaron comunicaciones, se aseguraron recursos y se emprendió el traslado hacia puntos rurales donde pudiera sostenerse la resistencia. Lo que siguió no fue un combate urbano prolongado, sino un repliegue estratégico.
El epicentro real del movimiento no estuvo en el casco urbano, sino en el Pinal del Zamorano, gran montaña que domina los valles del noreste guanajuatense y conecta territorialmente con Colón y Tolimán. Desde ese macizo montañoso —junto con el Pinal de García, el cerro de la Faja en Santa Catarina, el cerro del Oro y otros puntos elevados— se estableció una estructura territorial organizada. El movimiento no operaba como ejército formal, sino como una red que conocía veredas, lomeríos y pasos estratégicos.
Bajo el mando general de don Manuel Frías, nombrado general por la organización defensora, se coordinaban contingentes distribuidos en distintos puntos del Pinal del Zamorano y sus alrededores. Entre los colonenses destacó don Norberto García de la Vega, subordinado directo de Frías y figura reconocida por su determinación.
Identidad, devoción y conflicto social
La articulación alcanzó una franja amplia de la diócesis: Colón y Tolimán en Querétaro; Tierra Blanca, Victoria, Doctor Mora, Santa Catarina y Xichú en Guanajuato; además de una influencia indirecta hacia Bernal, Cadereyta y Jalpan. También se vivía un ambiente de tensión en la capital queretana, San Juan del Río y Tequisquiapan.
En el centro de esa identidad regional se encontraba la devoción a la Virgen de los Dolores de Soriano. Durante el conflicto, la imagen fue resguardada discretamente por familias del pueblo. Su ocultamiento fue una expresión de protección simbólica del corazón espiritual de la región.
Otro episodio significativo fue el de las llamadas “monjas rosas”, religiosas provenientes del convento de Santa Rosa de Viterbo en Querétaro, quienes durante el conflicto también fueron exclaustradas del recinto que habitaban en Colón. Este hecho subraya que el impacto no fue únicamente militar, sino profundamente eclesial y comunitario.
Durante aproximadamente año y medio, los combatientes permanecieron en el Pinal del Zamorano y sus cerros circuntantes. Vivieron expuestos al clima, con recursos limitados y separados de sus familias, soportando caminatas nocturnas, desvelos y enfrentamientos esporádicos. Las familias vivieron divisiones internas; en algunos hogares hubo hijos en bandos distintos. Otros ofrecieron apoyo discreto, mientras algunos optaron por el silencio por temor. El conflicto atravesó la vida privada.
El descenso de la montaña y el fin de las armas
Mientras tanto, fuerzas federales establecieron una guarnición en el pueblo. El templo de San Francisco fue utilizado como espacio de resguardo y la torre como punto de vigilancia estratégica. La presencia militar mantuvo el control urbano mientras el bastión real permanecía en la montaña.
El 19 de julio de 1929, los combatientes descendieron del Pinal del Zamorano, pasaron por el cerro Del Mexicano y entraron a Colón por el camino que conduce hacia Santa María. En el amplio corral de una casa ubicada en el antiguo Camino Real —hoy calle Obregón— se formaron uno por uno ante el destacamento federal y entregaron sus armas de manera individual. Recibieron salvoconductos que les permitieron regresar a la vida civil.
Posteriormente, el templo de San Francisco fue reabierto bajo la resolución del padre Reyes Morales. Las campanas volvieron a sonar. Con ese acto terminó formalmente el levantamiento cristero en Colón. Pero lo que concluyó ese día no fue únicamente una confrontación armada; el levantamiento dejó una marca profunda en la memoria colectiva. No fue solo una resistencia contra disposiciones civiles; fue la expresión de una identidad formada durante siglos entre misión, frontera y devoción.
El Pinal del Zamorano quedó inscrito en la historia regional como la montaña de la resistencia. La Virgen de los Dolores de Soriano permaneció como símbolo de protección y arraigo. Bajo el cielo de Querétaro, aquel 4 de febrero no fue solo un día de armas; fue un momento en que una comunidad decidió afirmarse en lo que creía ser su raíz más profunda.
Continuará…
El autor es especialista en Ciencias Políticas y miembro de la Unión Iberoamericana de Municipalistas con sede en España.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de marzo de 2026 No. 1602

