Por P. Fernando Pascual
Repasamos mentalmente lo que tenemos que hacer: lavar ropa, comprar fruta, poner orden en la nevera, descalcificar la máquina del café, llamar al médico, recoger unos análisis, felicitar a un familiar, responder un mensaje difícil.
La lista será, seguramente, mucho más larga, y entonces surge una especie de ansiedad: ¿cómo encajar las piezas? ¿Cómo hacerlo todo? Y si no podemos con tantas cosas, ¿qué dejamos a un lado?
Lo que vale para un día vale también para periodos más largos de tiempo: al planear los próximos meses, intentamos reconocer una serie de actividades, viajes, lecturas, que nos urgen o, simplemente, que nos interesan.
Puede crear inquietud o ansiedad ver que las piezas no encajan, que el tiempo aprieta y hay asuntos pendientes que no han sido llevados a cabo mientras llegan nuevos temas que exigen atención, tiempo, incluso dinero.
En momentos así imaginamos la vida como un extraño rompecabezas, en el que parece que hay más piezas que espacio para colocarlas, sin olvidar que debemos respetar cierto orden para que el diseño tenga algo de armonía y belleza.
Si, además, perdemos el tiempo en acciones inútiles (un juego online, un vídeo para “descansar” que nos quita una hora casi sin darnos cuenta), la presión por colocar las piezas se hace más intensa y surge la extraña sensación de que no podremos ni siquiera atender los asuntos importantes.
La vida nos impone cientos de acciones que no podemos dejar a un lado. Otras dependen de elecciones nuestras o de otros, sin que exista una obligación estricta en llevarlas a cabo.
Lo que sí está claro es que el tiempo se impone como un marco “fijo” en el que tenemos que colocar nuestras piezas y tomar decisiones mientras buscamos, al menos, poner en marcha asuntos impostergables.
Ante ese panorama, conviene tener presente que lo importante es lo que hacemos desde el amor y para el amor, y que no vale la pena desperdiciar la vida en acciones que dañan o que implican perder el tiempo en asuntos sin transcendencia.
Cuando lleguemos al final de la vida, el puzzle quedará fijado de modo definitivo. Los actos egoístas habrán dañado el resultado final. Los actos desde el amor a Dios y al prójimo habrán dibujado un cuadro lleno de belleza.
Ahora decido, ante el panorama de tantos asuntos por realizar, cómo muevo las fichas del rompecabezas, qué hago con mi tiempo y con mis energías interiores, y hacia dónde oriento esta breve vida que escribo, día a día, en las decisiones sobre lo que llevaré a cabo en estos momentos que tengo a mi disposición.

