Por Jaime Septién

El pasado 1 de abril se cumplieron 99 años del fusilamiento del beato Anacleto González Flores, patrono de los laicos mexicanos, uno de los ejemplos más limpios, más claros de lo que significa dar la vida por la fe y por la patria. Su ejemplo conmueve hasta las entrañas. Y su palabra debería resonar (pero ni siquiera llega) en los oídos de quienes hoy se asumen con el poder absoluto de nuestro país:

“Gritaron a más no poder contra los ricos y lo primero que han hecho es enriquecerse; gritaron contra la imposición y lo primero que han hecho es imponerse; gritaron contra la violación del voto y lo primero que hicieron fue burlar el voto; gritaron contra la tiranía de la palabra y lo primero que han hecho es amordazar; gritaron contra la propiedad y lo primero que han hecho es acumular evidentemente cuanto han podido; gritaron contra la reelección y lo primero que han hecho es prepararse para reelegirse; gritaron contra los desmanes de los grandes y pequeños caciques y no han hecho otra cosa que poblar el país de grandes y pequeños caciques…”

Anacleto, “el maistro Cleto” como lo conocían sus amigos, escribió esto en su maravilloso El plebiscito de los mártires. Presagiando su propio martirio. Presagiando el martirio de su patria querida. Una voz profética, porque el profeta es quien marcha al frente, quien se expone ante el crimen y la barbarie.

Hace casi un siglo, Anacleto González Flores dibujó la decadencia de quienes gritan en público un no y en privado, como los viejos e hipócritas fariseos, susurran un sí, hágase, roben, mutilen la ley, el orden, procuren lo que nos dé votos… Por lo pronto, mientan, mientan mucho, a toda hora, háganlo sin sonrojarse, que algo habrá de quedar…

Ay, y a nosotros, en uno de sus discursos, nos recetó en la cara este grito desesperado: “¡México católico, despierta de tu letargo!” ¿Responderemos con susurros, con quejitas, con un “ya nada se puede hacer”? Porque ese México que hoy padecemos, aunque nos pese reconocerlo, también es culpa nuestra.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de abril de 2026 No. 1605


 

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