Por P. Fernando Pascual

Varios autores han observado cómo el hombre produce instrumentos, y cómo el uso de esos instrumentos cambia al hombre.

Pensemos en el arado: facilita la producción agrícola, permite mejoras en el modo de comer y en la salud, otorga más fuerza al hombre. Ello abre espacio a más tiempo libre, a un aumento de población, y a cambios en los modos de vivir.

Pensemos en la escritura, la radio o la televisión. Con agudeza, Marshall McLuhan reconocía cómo esos cambios en los modos de recoger y transmitir ideas e imágenes alteraban los modos de pensar, incluso los estilos de vida, de la gente.

Observar este fenómeno ha llevado a algunos a defender que el ser humano puede, a través de los avances científicos y técnicos de las últimas décadas, no solo modificar sus modos de pensar y de vivir, sino incluso su misma identidad.

En cierto sentido, algunas propuestas del así llamado transhumanismo buscan precisamente que el hombre tome posesión de su propio camino evolutivo para recrearse de un modo más racional y completo.

Más allá de esas propuestas, que merecen una amplia crítica, lo cierto es que todo lo que hacemos nos configura de un modo o de otro. El tipo de silla que producimos y que usamos, la luz que nos acompaña tras la puesta del sol, la pantalla de la computadora y el último programa de adivinanzas nos llevan a actuar de maneras que eran inimaginables en el pasado.

Surge la pregunta: esos cambios, ¿son para mejorar o para empeorar? No pocos estudiosos señalan los enormes daños físicos de quienes, gracias a los muebles y a las actividades que escogen, viven sentados horas y horas delante de una pantalla, y renuncian a caminar al aire libre.

Ciertamente, hay cambios que han producido mejoras innegables: en la limpieza, en el uso del agua corriente, en las medicinas, en la alimentación, en el acceso a la cultura. Pero no todo es benéfico, e incluso algo bueno, si es usado inadecuadamente, puede dañarnos.

Frente a tantos instrumentos creados por el ingenio humano y usados de manera casi masiva, conviene reflexionar de vez en cuando si esos instrumentos y los cambios que producen en nosotros llevan a vivir con egoísmo o con generosidad, con ideales empobrecidos o con metas que nos unen a los más necesitados, con nerviosismos malsanos o con una serena apertura a Dios y a los demás.

La vida que hemos recibido transcurre entre cientos de instrumentos que nos acompañan desde el hospital donde nacimos hasta las medicinas y maquinarias que nos preparan al paso a lo que empieza tras la muerte.

Con una sana prudencia, y con deseo continuo de amor a Dios y a quienes nos rodean, sabremos usar de esos instrumentos para que nos ayuden a lograr la plenitud en Cristo a la cual estamos llamados desde el día de nuestro bautismo, y que se hace realidad en el cielo que inicia tras la muerte.

 
Imagen de Francisco Venâncio en Pixabay


 

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