Por Fernando Mendoza Jaquez – VC Noticias

Mi primera misión de Semana Santa fue cuando apenas tenía 15 años de edad. A un pueblo en el municipio de San Nicolás de Carretas, en Chihuahua por supuesto. Era un grupo más o menos numeroso de misioneros. Éramos cuatro los que fuimos al mismo pueblo. Fue una experiencia que cambió mi vida. Luego, con el correr de los años, fueron otras que las viví intensamente.

La fe de la gente de pueblo es de admirar. Una fe sencilla pero arraigada, una fe que conmueve, una fe que penetra toda la vida del pueblo. En aquellos tiempos, todo el pueblo participaba. Se cerraban todos los comercios y se dejaban de hacer otras actividades que no fueran las religiosas. Recuerdo que en un pueblo, el dueño del único expendio de cerveza decidió cerrarlo sin previo aviso. Nadie consumió cerveza, ni refrescos, durante toda la semana.

O aquel otro pueblo, en el que se decidió el miércoles que se haría el Viernes Santo un vía crucis “viviente”. No habían llegado los jóvenes varones que trabajaban en Estados Unidos, pero se adelantaron los nombres de quienes participarían. El joven que haría el papel de Jesús llegó el mismo viernes, una hora antes del vía crucis. Mientras lo revestían, le tenía que estar dando las instrucciones, y la madre bajaba sus maletas del auto.

Como en muchas comunidades cristianas, la celebración de la muerte de Jesús en la cruz tiene una gran variedad de ceremonias en nuestros pueblos. Vía crucis, procesiones del silencio, la quema de judas, peregrinaciones con imágenes y bultos…

Educar en la fe estas celebraciones populares es un reto para la Iglesia actual. Es un todo un reto.

Recuerdo que la catequista que me inculcó el gusto por las misiones de Semana Santa insistía una y otra vez. La celebración más importante de la Semana Santa (y del año) no es la muerte en la cruz, sino la Resurrección.

Ubicar la muerte en su justa dimensión, como el paso imprescindible para llegar a la Resurrección. No habría resurrección si no existiese la muerte previa. Claro. Desde entonces, antes de Semana Santa decido mis lecturas para meditar por estos días.

Este año, he elegido La agonía de Cristo, de santo Tomás Moro.

Por cierto, este santo es el patrono de los políticos. Ojalá que nuestros políticos leyeran sobre su vida y su obra, pero es mucho desear cuando existen diputados que ni siquiera leen previamente lo que votan y yo poniéndoles pesadas cargas para que lean un poco más. Por eso estamos como estamos.

Tomás Moro escribe un tratado sobre lo acontecido a Jesús entre la oración en el Huerto de Getsemaní y su captura. El santo desarrolla su obra a través de la meditación de ciertos versículos de los Evangelios que nos narran los hechos en ese período de la agonía de Cristo.

Recordar que Tomás Moro fue decapitado en 1535. Su descurrir narrativo es muy diferente a la argumentación que se hace en pleno siglo XXI. Por eso a veces, la lectura de La agonía de Cristo puede desesperar por la continua repetición de argumentos que a cada página aparece. La forma de explicar ciertas cuestiones a veces es cansina, de pronto acelera y de pronto cae de nuevo en su parsimonia habitual. Pero en el fondo, hay una línea argumentativa, un suave discurso que va llevando a entender lo que el santo quiere advertir del pasaje del Evangelio.

Las párrafos sobre la oración, la traición de Judas, el arrebato de Pedro, la meditación de Jesús en Getsemaní, el “vamos” que grita Jesús a sus apóstoles, el sueño de los discípulos son de gran sabiduría para leerse y volver a leerse para meditar seriamente sobre los grandes misterios de la fe.

Tomás Moro expone magistralmente la última etapa de la vida de Jesús y nos hace meditar seriamente sobre estos pasajes. Nos lleva de su mano para acompañar a Jesús en el trance final. Y a mí me ha dejado una meditación que valió la pena.

Un rasgo de la vida de este santo inglés es su sentido del humor. Tanto que escribió una oración del buen humor, que en la edición que tengo de La agonía de Cristo, se incluye: “Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla… Dame, Señor, el sentido del humor. Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás”.

Me ha servido esta lectura para adentrarme más a la meditación de la cruz. En mi caso, además, hago por estos días la visita a los siete templos. La hago caminando y rezando el vía crucis, con las palabras de Susanna Tamaro. Vivo y disfruto la Vigilia Pascual.

Luego, vendrá una semana de reflexión, en la que no tengo contemplado mayores distracciones que estar en y con el Salvador. Así que no me esperen la próxima semana.

¡Hay vida! Y seré un poco spoiler: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

 

Publicado en VC Noticias

 


 

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