Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Vivimos en el mundo de las dudas, de la IA, -de la inteligencia artificial gran herramienta, pero con poder técnico con la posibilidad de engañar, con muchos recelos y prejuicios, más escépticos y más frágiles e inseguros, ante el misterio de la vida y de la muerte; ante el misterio del Amor como última realidad de todas.
Santo Tomás Apóstol, quiere verificar la resurrección tocando las llagas y el costado de Cristo. Le consta que Jesús ha sido crucificado. No cree en el testimonio de los demás discípulos quienes lo han visto y lo han oído, como el Resucitado.
Su postura es sincera. Dios ama al que es sincero de corazón. Dios está abierto a nuestras dudas y escepticismos si proceden de un corazón sincero y sin doblez.
Los discípulos han tenido una experiencia inaudita, ‘hemos visto al Señor’, así resucitado. Tomás no acepta su testimonio. Necesita creer por su propia experiencia y de modo personal.
Jesús satisface sus exigencias, ‘trae tu dedo, aquí estas mis manos. Trae aquí tu mano aquí está mi costado’ (cf Jn 20, 19-31). Son pruebas del amor entregado totalmente. Son pruebas del Crucificado y del Resucitado. Ante este hecho solo queda la confesión profunda, ‘Señor mío y Dios mío’.
Nuestra confianza en Dios, es más fuerte que nuestras dudas.
Por eso bienaventurados los que creen como la Santísima Virgen María, ‘dichosa tú que has creído porque se cumplirá todo cuanto se te ha anunciado de parte del Señor’ ( Lc 1,45).
‘Dichosos los que creen sin haber visto’ (Jn 20, 29). ‘Dichoso tú, Simón hijo de Jonás, porque ningún hombre mortal te reveló esto, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16, 17). Dichoso san Juan Pablo II quien recibió la bienaventuranza de la fe para edificación de la Iglesia de Cristo. Este Papa santo quien a través de su primer mensaje nos invitó a no tener miedo y a abrir a Cristo nuestro corazón, a abrir a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos. Él quien nos ofreció en su primera encíclica ‘Redemptor Hominis’, que el camino de la Iglesia es el hombre y el camino del hombre es Cristo.
Juan Pablo II, el gran apóstol de la Divina Misericordia, quien instituyó este segundo domingo de Pascua, como Domingo de la Divina Misericordia, fue llamado a la Casa del Padre precisamente el sábado 2 de abril del 2005 que es inicio del Domingo de la Divina Misericordia. Él quien al inaugurar el Santuario de la Misericordia Divina en Lagiewniki Cracovia en el 2002, dijo: ‘Fuera de la misericordia de Dios no existe otra forma de esperanza para el hombre’, pues Cristo nuestro Señor es la suprema revelación de la misericordia de Dios.
Dichosa Santa Faustina Kowalska quien creyó en la misericordia de Dios a través del Corazón de Cristo, fuente y culmen de la misericordia divina a través de su costado cuyos rayos luminosos nos hablan del bautismo y de la eucaristía.
Dichosos los que aceptamos el Concilio Vaticano II, como don de Cristo Resucitado a su Iglesia por medio de la acción del Espíritu Santo a través del episcopado mundial.
Dichosos los que aceptamos las palabras de san Pedro quien nos dice, ‘ A él lo aman (a Cristo resucitado) sin haberlo visto y creyendo en él, aunque ahora no lo vean, se llenan de una alegría indescriptible y radiante, seguros de alcanzar la salvación que es la meta de su fe ( 1 Pe 1, 8-9),
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