Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El núcleo originario de la fe es ‘el kerygma’, formulado por san Pablo en la Carta a los Romanos, el Señor Jesús ‘fue entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra absolución’(4,25). Lo podemos encontrar en otros textos con variaciones. Esta afirmación es el núcleo esencial del Nuevo Testamento y nuestra adhesión constituye la fe de la Iglesia, cuyo eco, katá eccon,-catecismo=según el eco, llega hasta nosotros.
Quizá nos hemos centrado más en los padecimientos crudelísimos del cuerpo físico de Cristo y nos falta abismarnos por la acción del Espíritu Santo en la pasión interior de su sufrimiento.
Jesús santísimo aparece como el condenado ‘maldito el que pende de un madero’ (Gál 3, 13). Este sufrimiento la pasión del alma, nos ofrece su valor, grandeza y majestad. Pero él padece en sustitución nuestra, ‘él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores’, como profetizó Isaías ( 53, 4).Hemos de sumergirnos en el abismo de su pasión del alma centrada en el Corazón de Cristo, -como los místicos, por mediación del Espíritu Santo, para saber experimentalmente la nitidez y el alcance de su dolor, para gustar la liberación interior que adquirimos sacramentalmente en nuestro bautismo, porque en su muerte hemos muerto inicialmente al pecado, muerte dolorosísima.
Jesús cargó la Cruz de todas las iniquidades del mundo que después sería crucificado con clavos reales en el Calvario.
Lleva impresos en su cuerpo y en su corazón los estigmas de su pasión y muerte, por nosotros y por nuestra salvación.
Nadie conoce de fondo y del todo la pasión del Hijo, sino el Padre.
El sufrimiento de los inocentes se acerca más al sufrimiento de Jesús, quien fue culpado injustamente.
Como el ladrón arrepentido, crucificado con Jesús deberíamos decir ante nuestro sufrimientos y penas, sufrimos justamente por nuestras faltas. Pero podríamos añadir la confesión de san Pablo, completo en mí lo que faltó a la pasión de Cristo, para edificación de su cuerpo que es la Iglesia.

