Recordar para no repetir: A 100 años de la Cristiada

Por Víctor Cabrera Urbina

Para comprender el movimiento cristero en Colón, Querétaro —considerado uno de los principales focos del levantamiento en el estado— es indispensable mirar primero el territorio. Porque la historia no nace en el vacío: germina en la tierra que la sostiene.

El actual municipio de Colón se ubica en una franja histórica decisiva: la frontera natural entre Aridoamérica y Mesoamérica. Era el punto donde comenzaba la tierra templada y terminaba el árido desierto; donde convergían pueblos sedentarios y grupos nómadas; donde iniciaban las primeras estribaciones de la Sierra Gorda.

Antes de 1531, estas tierras eran habitadas por comunidades otomíes y por grupos chichimecas, particularmente los jonaces, diestros en el arco y la flecha, conocedores de los cerros, abrigos rocosos y cañadas. Eran pueblos resistentes, acostumbrados al desplazamiento y a la defensa de su territorio.

El primer asentamiento y la frontera viva

Con la llegada de los frailes franciscanos y colonos castellanos, surge el primer asentamiento formal: San Francisco Tolimanejo. Más que un simple poblado, fue un punto estratégico de resguardo en la ruta temprana hacia las zonas mineras del norte y la Sierra Gorda. Funcionaba casi como un presidio: una pequeña comunidad con soldados, familias y misión religiosa que protegía el paso hacia la llamada “boca de la sierra”.

Desde mediados del siglo XVI, esta región se consolidó como pueblo de frontera: espiritual y territorial.

El epicentro religioso franciscano se encontraba en San Pedro Tolimán, del cual dependían comunidades como San Miguel Tolimán, San Pablo Tolimán y el propio San Francisco Tolimanejo. Aquella estructura no solo organizaba la evangelización, sino también la vida cotidiana de la región.

La irrupción dominica y el nacimiento de Soriano

A finales del siglo XVII, en 1687, a poco más de un kilómetro de San Francisco Tolimanejo, se consolidó la Misión de Santo Domingo de Soriano, encabezada por frailes dominicos.

Soriano se convertiría en el centro neurálgico de la evangelización dominica hacia la Sierra Gorda y el noreste de Guanajuato. Desde allí se impulsaron misiones en lugares como San Miguel Palmas, Ranas, San José del Llano, Maconí, Xichú, Ahuacatlán y Santa María de los Dolores de Zimapán.

Los dominicos emprendieron una labor decisiva: congregar y pacificar a los chichimecas jonaces, integrándolos a una vida sedentaria dentro del orden virreinal. Soriano no solo fue misión; fue proyecto civilizatorio, espiritual y cultural.

Allí también se consolidó el culto a la Virgen de los Dolores de Soriano, cuya devoción se convertiría con el tiempo en uno de los corazones espirituales más profundos de la región.

Territorio misional y continuidad diocesana

Es importante subrayar un elemento que conecta directamente el pasado con el presente: al día de hoy, la diócesis de Querétaro abarca no solo el estado de Querétaro, sino también el noreste de Guanajuato.

No se trata de una delimitación casual. Ese territorio coincide en buena medida con las antiguas zonas de avanzada misional dominica y franciscana en la Sierra Gorda y sus inmediaciones.

Los municipios de Colón y Tolimán en Querétaro, así como Tierra Blanca, Victoria, Doctor Mora, Santa Catarina y Xichú en el estado de Guanajuato, forman parte de ese mismo entramado histórico y espiritual.

Dos pueblos, una raíz común

Durante el siglo XVIII se produjo una reconfiguración eclesiástica. Aunque Soriano alcanzó rango parroquial, posteriormente la sede se trasladó a San Francisco Tolimanejo, generando una especie de tensión silenciosa entre ambos núcleos.

Esa religiosidad sobrevivió a las reformas borbónicas, atravesó la Independencia y enfrentó las Leyes de Reforma en el siglo XIX.

Fue precisamente en ese contexto decimonónico cuando ocurrió un hecho determinante: en 1882, por decreto del gobierno del estado, los pueblos de San Francisco Tolimanejo y Santo Domingo de Soriano fueron fusionados oficialmente bajo un solo nombre: Colón.

La integración no fue sencilla. Existían diferencias culturales, económicas, espirituales y hasta raciales derivadas de su origen histórico distinto —uno con raíz franciscana y otro dominica. Sin embargo, con el paso del tiempo, la fusión terminó por configurar una identidad compartida.

Hoy Colón presenta una característica singular: no posee un único centro histórico tradicional. Tiene dos puntos neurálgicos.

Uno en la Basílica de Soriano, eje del turismo religioso y de la devoción mariana; y otro en la parroquia de San Francisco —ya sin el antiguo “Tolimanejo”— donde también se ubican el palacio municipal y las oficinas del ayuntamiento.

Dos grandes templos, dos plazas, una sola identidad municipal.

Esta dualidad histórica terminó convirtiéndose en fortaleza: una ventana abierta al turismo religioso y a la preservación de una tradición espiritual que se mantiene viva hasta nuestros días.

El trasfondo que explica lo que vendría

Cuando en la década de 1920 el Estado mexicano, bajo los gobiernos de Álvaro Obregón y posteriormente Plutarco Elías Calles, impulsó una política restrictiva hacia el culto religioso, la reacción en Colón no puede entenderse sin esta profundidad histórica.

Se trataba de un territorio con casi cuatro siglos de formación espiritual continua; de pueblos fusionados pero no desarraigados; de comunidades donde la fe era elemento estructural de identidad.

En ese mismo corredor territorial —Colón, Tolimán, Tierra Blanca, Victoria, Doctor Mora, Santa Catarina y Xichú— comenzaría a articularse uno de los focos cristeros más importantes de la región.

Allí, el grito de “¡Viva Cristo Rey!” no nació de improviso. Fue la expresión acumulada de generaciones.

En la siguiente entrega abordaremos cómo ese tejido histórico desembocó, el 4 de febrero de 1928, en uno de los episodios más significativos del movimiento cristero en Querétaro y el noreste de Guanajuato.

El autor es especialista en Ciencias Políticas y miembro de la Unión Iberoamericana de Municipalistas con sede en España.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de marzo de 2026 No. 1601

 


 

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