Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Una de las joyas de la literatura universal es esta resplandeciente epopeya india llamada Mahabbárata. Escrita en lengua sánscrita, es un conjunto de leyendas y un resumen de la filosofía de aquel arcano y enorme país, vertida nada menos en cien mil versos.
Hoy que nos pasamos el día y la vida jugando a catalogar a los hombres en buenos y malos, como las viejas películas del Oeste, nos vendrá como anillo al dedo esta escena ejemplar del Mahabbárata.
Krishna pide a Duryodhan: “Búscame un hombre santo. Recorre toda la Tierra y sus continentes; busca en rincones y cuevas si es necesario; tómate todo el tiempo que necesites; pero al final trae un verdadero santo a mi presencia”. Duryodhan parte, busca, tarda y vuelve solo.
“Señor, no lo encontré. Vi grandes ascetas, pero parecían cerrados en sí mismos. Observé a quienes servían heroicamente al prójimo, pero percibí una sombra de vanidad en sus acciones. Admiré a mucha gente que rezaba oraciones encendidas, pero noté que el fervor no duraba en su firmeza. Ninguno me satisfizo del todo”.
Krishna cambia su mandato: “Búscame un pecador y tráelo a mi presencia. Duryodhan parte y vuelve también solo. “No encontré un verdadero pecador. Unos hacían el mal, pero era por debilidad, no por malicia; otros no sabían lo que hacían; y otros practicaban el mal creyendo que hacían el bien”. Krishna concluye: “Y tú, ¿qué eres, bueno o malo?”.
Buenos son los familiares y amigos, los que piensan y vibran como yo, los que me aprecian y elogian, los que me dan por mi lado, los miembros de mi partido político y de mi club social; mi mundillo cerrado ostenta este anuncio en gas neón de colores: “Nosotros somos los buenos en exclusiva y garantizados”. Malos son todos los demás, el que no comparte mis ideas y sentimientos, el que me causó algún agravio, el vecino que no saluda, el compañero gruñón, el gobernante lejano y una lista larga, larga de malos y malditos que deberían estar enjaulados en el zoológico.
Con semejante reduccionismo mental y vital, es claro que nuestra clasificación en buenos y malos, además de infantil y risible, es redundantemente inexacta. Pues a quien habíamos puesto etiqueta de bueno, no lo era tanto; y a quien juzgábamos teñido de vicios y defectos, nos convenció a la postre que no era el león como lo pintaban, sino inesperadamente mejor. Nadie es malo a tiempo completo. Y, además, cada persona, por cercana que esté a nosotros, es siempre un desconocido.
Para no seguir jugando tontamente al bueno y al malo, es preciso no juzgar ni prejuzgar, evitar las etiquetas, suavizar los extremos. Saber convivir con esta mezcla de trigo y cizaña que llevamos dentro y observamos fuera.
Qué certero aquel anuncio que vi a la entrada de un templo: “No eres tan malo que no puedas entrar, ni tan bueno como para que te quedes fuera”.
Artículo publicado en El Sol de San Luis el 9 de febrero de 1992.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de abril de 2026 No. 1605
Imagen de Agung Setiawan en Pixabay

