Por Arturo Zárate Ruiz

A un humorista le pusieron un reto “difícil”: un chiste de políticos. Respondió así: para los políticos, la “moral” es un árbol que da moras. Sugirió así que los líderes corruptos o no saben nada sobre portarse bien o niegan, que es peor, toda norma objetiva y eterna.

Esta negación no sería solo suya. No pocos rechazan cualquier regla sólida porque, afirman, los usos son muy cambiantes. Entre caníbales, bienestar es desayunarse al vecino; entre algunos esquimales, normal que las mujeres tengan muchos maridos, y entre algunos musulmanes, digno el tener muchas esposas.

Así, que estos políticos acaben relativizando o negando los valores, o no pocos estudiosos de la “cultura” los proclamen irrelevantes es peccata minuta. Se celebra matar al hermano porque así lo prescribe un grupo.

Este relativismo tiene un corolario. Como el bien y el mal depende de creencias individuales, no hay bases universales para el juicio moral. Todo es del color del cristal con que se mira. No critiquemos otras conductas, ni las de los mismos políticos ladrones, que no obran sino de acuerdo a sus usos y costumbres. Quizás debemos más bien elogiarlos por su “sincero” enriquecimiento inexplicable.

Sin embargo, la regla relativista de no juzgar tiene una excepción: no sólo se puede, sino se debe criticar a los católicos.

No pocos relativistas entonces descubren la “objetividad” y se apresuran a asustarse con los que califican como usos y costumbres abominables, por supuesto, los nuestros, los de quienes nos confesamos católicos. Nuestra moral no es moral, sino algo terriblemente inmoral, aseguran.

Ciertamente, de referirse con verdad a nuestros pecados personales, no nos queda sino reconocerlos, arrepentirnos, confesarlos al sacerdote y convertirnos. Debemos inclusive admitir que hemos pecado en grupo, por ejemplo, con guerras de agresión y con segregación de comunidades no afines a la nuestra. Y por mucho tiempo. Y no es justificación que seamos la única institución que ha durado más de dos milenios pues Dios prometió conservarla hasta el fin de los tiempos, aunque pequemos.

Justo porque seguimos pecando, se multiplican los esfuerzos de la Iglesia para ofrecernos medios de conversión y salvación. De no acogernos a ellos, y no mediar la mencionada promesa de Dios, segura habría sido desde hace siglos nuestra aniquilación. Al parecer, la Iglesia ha tenido algún éxito en corregirnos. Al menos, ya no somos los brutos que practicábamos abiertamente la esclavitud. De manera personal podemos observar que la Iglesia nos santifica de acercarnos a ella.

En cualquier caso, que admitamos con verdad nuestros pecados no debe llevarnos a aceptar mentiras, como las que enemigos de la Iglesia fabrican sobre nosotros, por ejemplo, que destruimos las culturas de nuestros antepasados indígenas. Es en países católicos donde la diversidad étnica perdura, no en países protestantes donde los sujetos, aunque presuman una fe muy individual, se aburren por su vida y su cultura homogénea, y por la aniquilación de la población nativa.

Tampoco debemos aceptar mentiras que pintan Europa “oscurantista” cuando era toda católica. De hecho, en la llamada, según farsantes, “Edad de las Tinieblas”, hubo mucha más luz que en la presumida Ilustración del siglo XVIII. En la Edad Media floreció la filosofía como estudio del Ser, no como estudio de los “pensamientos” o “experiencia sensible” de los decadentes sucesores. Fue entonces que surgió la ciencia, no la posterior pretensión “cientifista” que negó toda realidad distinta a la sensible, con la cual, contradictoriamente, Hegel y Marx no ofrecieron más que ideologías que condujeron al nazismo y al comunismo.

Lo curioso es que se critica no a los que proclaman ya errores religiosos o de pensamiento. Se nos critica a nosotros, los católicos, que hablamos con la verdad. Nosotros sí debemos ser piñata, de hecho, la única, que es válido y loable apalear.

Que así ocurra sólo contra nosotros es quizá la demostración más rara de que nuestra fe es la verdadera: “¡Cállenla!”, gritan, quienes odian la Luz.

Es además una demostración de que, para juzgar —los relativistas entonces lo hacen con furia— deben reconocer ellos alguna moral objetiva. Nada de reducir todo a meros cambiantes usos y costumbres cuando sólo les conviene.

 
Image by Bar Elimelech from Pixabay


 

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