Por Arturo Zárate Ruiz
Soy aficionado a las series y los libros de asesinatos. Aclaro que no me atrae la violencia en sí. Un buen episodio evita exhibirla. Me entretiene más bien ver cómo los detectives aclaran los crímenes, algo así como resolver ecuaciones matemáticas difíciles. Veo además en ello la afirmación de la justicia, necesaria para que la sociedad viva en paz. Y en lo que concierne a programas británicos, disfruto su humor muy escondido, pero allí presente y abundante, el cual, si no admite carcajadas, si algo mejor, una sonrisa sutil.
Suelen poner énfasis en los motivos nimios para matar, tan inanes que hasta dan risa. En un caso, unos chiquillos celan tanto a su madre que linchan a sus amistades. Estaba ella tan ocupada en curar enfermos mentales que no se da cuenta de que los más loquitos se hallaban en su propia casa. En otro, una niña asesina a su abuelo porque no quiso inscribirla en una escuela de baile. Bueno, también se burló de ella: que en lugar de participar en El Lago de los Cisnes le permitiría hacerlo en el de los patos. Un caso más fue sobre una señora quien, porque unos campaneros hacía cinco siglos se deshicieron de un distante ancestro suyo, cobró venganza al despacharse a otros campaneros que en el momento actual eran sus amigos. Éstos ni de la manera más remota tenían relación con los previos, y menos aún lo sabían. Por poner un ejemplo más, está el caso del tipo vegano que se enfurece contra un pescador por haber atrapado una trucha y haberla acabado de matar con un palo. ¡Cuánta crueldad contra un ser sintiente!, se horrorizó el animalista. Por ello, le destroza la cabeza a ese odioso hombre a garrotazos. Que ése sí sufra.
¿A qué vienen estas cavilaciones? Tal vez sea porque leo el salmo: “¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen vanos proyectos?”, el cual nos pinta bien la triste realidad en este mundo desde que Caín mató a Abel. Lo hizo porque a Dios le gustó más el sacrificio del segundo, un corderito asado, que las yerbas del primero. Una nimiedad, un motivo baladí, uno, sin duda, muy torcido.
Como cuando Trump se enoja porque Irán tiene armamento, aunque sean resorteras. No sólo lo bombardea, también dice que desaparecerá toda la civilización iraní. Hitler extermina a los judíos porque el pueblo alemán requiere “espacio vital”. Netanyahu niega que exista el pueblo palestino y así explica el despojo de sus territorios. Los franceses cañonearon Veracruz en el siglo XIX porque, por nuestra inestabilidad política, a un paisano suyo le arruinaron unos pasteles. El gobierno mexicano ejecutó a 250 mil católicos en las décadas de 1920 y 1930 para eliminar el “fanatismo” de nuestro territorio y asegurar así la “educación científica”. El gobierno norteamericano financia los abortorios de Planned Parenthood para disminuir la marginación de grupos desposeídos. Para decirlo con claridad, combate la pobreza matando a los pobres.
Al final, cualquier motivo “sirve” para matar o aun empezar una guerra.
Es así cuando pecamos aun de manera personal. El borracho pierde todo su salario y se endeuda en la cantina porque tenía que celebrarlo con sus cuates. El fornicador cae de nuevo porque la muchacha no sólo era guapa, también “fácil”. Los muchachos conviven porque quieren cerciorarse si se llevarán bien una vez casados. El ladrón ordinario arguye que roba para mantener a su familia. El funcionario transa dice serlo para propulsar el gran proyecto político que, según él, sacará adelante a nuestro país (aunque más bien debería decir que para sacar adelante las nuevas mansiones de sus queridas). El grosero celebra sus palabrotas dizque porque “así habla el pueblo”. El perezoso explica que no fue a misa el domingo porque (tras el fiestón) no pudo dormir bien en la noche del sábado.
No nos engañemos: aún el más noble motivo es nimio de preferirlo a lo que quiere Dios, por ejemplo, producir nosotros la más poderosa medicina tras ensayarla, como ocurre ahora, con niños a propósito abortados.
Caín, tratando el tonto de engañar a Dios, se excusó de la muerte de Abel con un “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”
Imagen de Henryk Niestrój en Pixabay

