Por P. Fernando Pascual
Hay momentos en los que la oración ha sido un fracaso. Distracciones, ansiedades, inquietudes, miedos, rabias, han impedido la necesaria concentración, hasta hacernos imposible el hablar con Dios.
Cuando hemos tenido una oración distraída, surge cierta tristeza. Sentimos que hemos perdido el tiempo, que no hemos logrado ese diálogo con nuestro Padre de los cielos que tanto necesitábamos para vivir cristianamente nuestro día.
Ante oraciones distraídas, en vez de abandonarnos a la tristeza o al desaliento, podemos terminar ese rato destinado a hablar con Dios con una sencilla oración que llegará, de modo sorprendente, al corazón de ese Padre que sabemos que nos ama.
“Señor, otra vez he tenido una oración distraída. No pude concentrarme, no fui capaz de abrirte mi corazón. Las inquietudes y los problemas me ahogaron en estos minutos que había escogido para hablar contigo.
Perdóname si todavía no consigo rezar como quisiera. Tú conoces mi enorme necesidad de Ti, y también conoces mi dispersión, mis planes, mis miedos, mis esperanzas.
Sé que no he empezado el día de la mejor manera. Hubiera sido hermoso escuchar tus mensajes, acoger tu amor, dejarme envolver por tu misericordia, ofrecerte el día desde la gratitud.
Pero te ofrezco una oración mal hecha, pobre, distraída. Te pido perdón por no haber sido capaz de concentrarme. Y te doy gracias porque sé que, a pesar de mi incapacidad para haber rezado, este día Tú estarás a mi lado como Padre, como Salvador, como Aquel que da sentido y plenitud a quienes, con un corazón humilde, se abren a tu Amor misericordioso y fiel”.

