Por Jaime Septién

Ni teólogo ni nada que se le parezca. Soy un eterno alumno. Me nutro de lecturas y experiencias. De la vida en familia, la escritura, el periodismo, la poesía. Un católico normal, con altas y bajas. Pero me da por preguntarme qué es eso de católico. Leo, leo mucho. Me gusta leer. Hay en la lectura una suerte de complicidad que llena de paz el alma. Ejemplo de nada, aprendiz de todo.

Y en medio de este ir y venir de textos, contextos y sentidos, me topo con Simone Weil, esa muchacha judía cuyo atrevimiento filosófico la puso a las puertas del templo. No entró porque no se sentía digna. Miraba con ardor al catolicismo y, siendo judía, me responde mejor que muchos maestros la pregunta qué es ser católico. “Hay que ser católico, es decir, no estar ligado por un hilo a nada de lo creado, sino a la totalidad de la creación”.

Weil enseña, desde su isla, en qué consiste la tierra firme. Derivado del griego katholikós significa lo que concierne a todos, lo universal, diríamos hoy lo global. No soy de éste o de aquel país, partido, raza, posición o lugar. Soy de todos y de todo. Por eso es imposible, por ejemplo, un partido político católico. Los partidos parten la totalidad, la desgajan. Puedo pertenecer a todos o a ninguno. El partido no me define.

Queremos parcelar la realidad. Tomar dos o tres caminos concretos. Aferrarnos a un trozo de la creación. Y siendo así perdemos la grandeza de lo católico. Si miramos con suficiente tiempo, si nos tomamos la fe en serio, tendríamos compasión —dijo Graham Greene— de los gusanos y las estrellas. Del hombre, de la humanidad, de la tierra y, sobre todo, del otro, sea iraní o estadounidense, ucraniano o ruso. No preguntar por quién doblan las campanas: están doblando por mí.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de marzo de 2026 No. 1602

 


 

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