Por Lucrecia Roper
La naturaleza entera fue creada por Amor. Todo está entretejido en Amor. Nosotros estamos entretejidos en el amor: corazón, huesos, músculos, arterias, venas, piel, etc. Todos los sistemas del cuerpo son perfectos. Nada nuestro se ha hecho sin Amor. Somos Templos del Espíritu Santo en el que habita el Amor.
La Luz Divina de Amor invade todo lo que conocemos y lo que no conocemos. Anonadándonos en nuestra voluntad humana podemos fundirnos en Dios, así nos hacemos a su imagen y semejanza. ¿Quiénes se gozan con nosotros? El cielo entero, porque deseamos vivir en la Divina Voluntad, lo que nos hará santos excelsos. ¡Cuánto desea Dios que le entreguemos nuestra voluntad humana!
Hay que ofrecerle al Padre todos los tiempos y todas las almas. Nuestras oraciones ascienden al Cielo y vamos siendo transformados lentamente, nada es rápido, estaría fuera de lugar en nuestra naturaleza humana, pero esa transformación va dejando las semillas de su Divina Voluntad, que van haciendo crecer la planta que da flores y semillas para otros. Cuando no sepamos qué hacer pensemos en cómo actuaría Jesús, entonces la gracia de Dios llegará con paz y sosiego, y el alma descansará en la Trinidad, y nos fatigaremos menos a lo humano. Veremos que las circunstancias de la voluntad, llevadas en Dios, producen efectos que a veces nos dejarán sorprendidos.
La Divina Voluntad es fuego que no abrasa, es sentir la fuerza del que se ha desvinculado de una vida humana que se le hacía pesada y ahora puede caminar con alas pues las pasiones están muy disminuidas. Hay que reparar ante tanta ofensa a Dios. No hemos de desanimarnos ni por esta guerra ni por nada, porque sino el enemigo lleva la vencida. Hay que reparar por tanta gracia tirada a la cloaca.
Sólo cuando aceptamos entrar en la dinámica de la pérdida, del dar a fondo perdido, podemos ponernos en sintonía con el misterio mismo de Dios.
Nuestra oración, unida a todos los tiempos y a todas las almas es como flujo suave del Espíritu Santo que alcanza a muchas almas que no están en Dios, y se quedan suspendidas hasta que sus almas se abran al Señor y así puedan encontrar al Amor que les espera. La luz de Dios sana nuestras heridas, nos dan sabiduría y gracia, y nuestra perseverancia le da consuelo a Dios ante las almas renuentes. El alma y el corazón han de estar muy unidos con Dios, es lo que Él pide: Que amemos su Divina Voluntad, aunque haya cosas que no entendemos; en Él tenemos que descansar sin preocuparnos por tantas cosas.
Hay muchas personas que no están preparadas para encontrarse con el fin de sus vidas. El Señor no es un Dios de venganza o de castigos, pero el hombre a veces está ciego y oscurecido en maldades e indiferencias. En cierta ocasión dijo Jesús que la mayor parte de las almas que mueren en catástrofes y accidentes no se condenan, por supuesto que no entrarán directamente en el Cielo, pero vivirán con la esperanza de llegar un día a él. Demos gracias porque todo tiene sentido en cada vida, pero no dejemos que el enemigo nos interprete las circunstancias a su modo, que no es el modo de Dios. Nuestro oficio es rezar por las almas, por las conocidas y por las desconocidas. Dios nos espera con todo el amor no imaginable por nosotros.
Imagen de Sebbi Strauch en Pixabay

