Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

Desde los remotos tiempos virreinales, los mexicanos, festivos y fiesteros como somos, venimos festejándonos por lo menos dos veces al año, el día del santo y el del cumpleaños. “Estas son las mañanitas…”

El día del santo es el nombre que uno lleva y que en un pueblo tan religioso —hoy ha descendido el termómetro—, corresponde al de un santo del paraíso señalado por el calendario. Resulta que los calendarios ya no incluyen el santoral y si los señalan, los padres de la criatura no le hacen caso. Los tradicionalistas perpetúan en el hijo el nombre del abuelo, así se haya identificado como Sóstenes o Encarnación. Los políglotas recurren a apelativos extraídos de diversas raíces lingüísticas; conozco a una familia internacionalizada cuyos hijos se llaman Paola en italiano, Iván en ruso, Cuitláhuac en náhuatl, George en inglés y Janette en francés, que equivale a una democrática Juanita; por fortuna todos se apellidan López. Los padres inventores discurren para sus hijos nombres extraídos de su fantasía, casi siempre cursis y de obvio mal gusto; como unos pobres niños, con lo simpático que son, que se llaman Aseret, Berán y Sisteck. A mí me sonaba Aseret a producto farmacéutico —tome usted una cápsula de Aseret antes de cada comida; pero los padres me aclararon que era Teresa al revés. Los que también estaban al revés eran ellos, los padres.

No faltan los padres de familia enciclopédicos que endilgan a los hijos hasta cuatro nombres al hilo, como se hizo en el siglo pasado. ¿Cómo se llama la niña? María del Carmen Xóchitl Montserrat Jacqueline, pero terminan diciéndole la Chata.

Nuestros padres, que en el séptimo cielo estén, llevaban con orgullo unos nombres robustos como bosques, palabras arcanas como salidas de antiguas crónicas y códices dorados; se llamaban Refugio, Guadalupe, Norberto, Josefa, Timoteo, Jerónimo, Francisco, Dolores. Hoy la gente prefiere los caramelos y aguas laith, como Niní, Chuchú, Lilí, Flor de Té, Dalia, Miel, Luna y otros delirios botánicos y astronómicos.

Para colmo de los colmos, numerosos mexicanos han abandonado la identidad más entrañable de nuestro idioma según escriben sus nombres a la trompa talega, sin observar la más rudimentaria ortografía; y así surge una Bertha con h sobrante, un Karlos con absurda K, una Yasmín sin j ni z, un Felippe que creyó que repitiendo la p era más Felipe y fue más analfabeto.

Los mexicanos celebran, cada día menos, el día de su santo, porque ya no tienen santo. Su identificación no procede ya del santoral cristiano, sino de los maquillados divos y divas de la telenovela, el compact-disque, el cine, el deporte, el micrófono, la discoteca y sus rayos láser.

La juventud da tanta importancia a su nombre, que si preguntas a cualquier chavo o chava, según convenga, cómo se llama, te contestará con su nombre solo, mondo y lirondo, sin añadir los apellidos, que para nada le importan.

—¿Tu nombre por favor?

—Juan Carlos, Isabel.

Como si fueran reyes y sumos pontífices.

Artículo publicado en El Sol de San Luis, 20 de junio de 1992; El Sol de México, 25 de junio de 1992.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 29 de marzo de 2026 No. 1603


 

Por favor, síguenos y comparte: