Por P. Eduardo Hayen Cuarón
Esta semana estuvo marcada por la controversia en torno a las publicaciones en redes sociales del presidente estadounidense Donald Trump. Después de que el papa condenó la guerra contra Irán, la idolatría del poder y el uso de lenguaje religioso para justificar la violencia, el mandatario criticó fuertemente al papa León XIV calificándolo de débil ante el crimen y terrible en política exterior. Dijo también «sin mí él no estaría en el Vaticano». Luego compartió una imagen generada por IA representándolo a él como Jesucristo, imagen que después borró. Tres errores cometió y que le pueden costar caro en noviembre.
Primer error: la blasfemia
No hay nada más sagrado y sensible para las personas que su religión. Ya sabemos qué sucede cada vez que alguien utiliza la imagen de Mahoma para hacer un chiste. Basta recordar cómo les fue a Salman Rushdie y al equipo de Charlie Ebdo. Utilizar una imagen para compararse con Jesucristo, aunque se haga en tono jocoso, es una blasfemia, algo profundamente ofensivo para los cristianos. Mucho más grave que la insolencia contra el papa fue la publicación de esa imagen. Trump se dio cuenta de las reacciones que suscitó su acto sacrílego e inmediatamente desapareció la ilustración.
Segundo error: la descalificación al papa
Trump ignora el papel que juega el Santo Padre en la concordia entre las naciones. Aunque el papa es el jefe del Estado Vaticano, su misión no está al servicio de intereses de izquierdas, centros ni derechas políticas. El papa es el líder espiritual de 1400 millones de católicos y su misión es predicar el Evangelio, confirmarles en la fe y ser promotor de la paz en el mundo. Trump considera que León XIV es un político más al que puede someter a sus intereses, y aquí se equivoca gravemente. El papa tiene una libertad y una autoridad de la que el presidente Trump carece porque su servicio es a la Verdad.
Tercer error: la guerra en nombre de Dios
Aunque Trump no está llamando a una guerra «en nombre de Dios» como lo harían los ayatolás, sino que su discurso es «América Primero» para proteger intereses estratégicos de su país, el presidente sí permite que resuene un discurso religioso en la mente de sus seguidores evangélicos. Para muchos trumpistas protestantes la guerra contra Irán es el cumplimiento de profecías bíblicas. Y mientras que el secretario de Guerra Pete Hegseth cita salmos y oraciones pidiendo violencia abrumadora contra los enemigos que no merecen misericordia, el papa afirma que «Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra sino que las rechaza»; ha criticado también el delirio de omnipotencia y ha pedido no utilizar el nombre de Dios para justificar la guerra de EEUU e Israel contra Irán.
El argumento del apoyo a Israel por ser «el pueblo elegido» es un grave error y un anacronismo. El actual Estado de Israel no es el pueblo elegido. Los hebreos del Antiguo Testamento fueron el pueblo que Dios eligió para traer la bendición a todos los pueblos de la tierra, y esa bendición tiene un nombre: Jesucristo el Señor. Creer que hay que apoyar a Israel en todo lo que haga, como si fuera la voluntad de Dios, como lo hacen muchos evangélicos, es fundamentalismo y grave desacierto.
Los católicos, en su mayoría, votaron por Donald Trump para que llegara a la Casa Blanca. Y aunque el mandatario haya suscitado oleadas de entusiasmo en muchos corazones que han creído en su proyecto, no podemos dar la espalda al Sucesor de san Pedro por quemar incienso al césar. La unidad católica en torno a Cristo resucitado nos libera del culto a la personalidad de cualquier político y nos recuerda que ningún presidente está por encima de la Palabra de Dios ni de la autoridad del Magisterio.

