Por José Luis Oliva Posada
El famoso monólogo de Hamlet —“ser o no ser”— es hoy más vigente que cuando fue escrito hace más de cuatro siglos: el egoísmo ha crecido. En el fondo, Hamlet se pregunta si vale la pena resistir la corriente dominante o dejarse arrastrar por ella. Esa misma pregunta resuena hoy, con más fuerza que nunca, en una civilización saturada de tecnología, pero debilitada en su capacidad de discernir.
Vivimos en una época donde el egoísmo ha crecido hasta rozar lo absurdo. ¿Cómo explicar, por ejemplo, la epidemia silenciosa de personas incapaces de vivir sin su teléfono móvil, como si la atención humana hubiese sido secuestrada por una pantalla? ¿O el fenómeno cultural de los “perrhijos” donde se sustituyen vínculos humanos profundos por relaciones afectivas más cómodas y menos exigentes? Incluso el uso masivo del automóvil —que paradójicamente nos aísla mientras nos transporta— refleja una cultura centrada en la comodidad individual antes que en el encuentro humano.
La politóloga española Cristina Monge lo expone con claridad en su obra Contra el descontento: sin confianza no hay sociedad. Cuando se erosiona lo común, el tejido social comienza a deshilacharse lentamente. Una sociedad donde cada individuo se coloca a sí mismo en el centro termina perdiendo la capacidad de construir comunidad.
Sin consciencia aumentada o pensamiento crítico, la IA puede convertirse en un amplificador del conformismo intelectual, del egoísmo. Hoy ya es frecuente escuchar frases como “lo dice mi ChatGPT”, mostrando más confianza en la IA que en otro humano.
Un pensamiento dominado por el ego parece fuerte, pero en realidad es frágil, pobre y miope. Cuando se absolutiza el “yo”, se empobrece la inteligencia moral.
Para un católico, el criterio es claro: el Evangelio nos recuerda que la vida cristiana comienza cuando dejamos de colocarnos en el centro. Pensar primero en lo común, en el prójimo, en el bien compartido, es una forma concreta de seguir a Cristo. Incluso en los pequeños gestos cotidianos se revela esta verdad. No es extraño observar en una misa cómo alguien aparta varios lugares en las primeras filas para personas que quizá nunca llegarán. Es un gesto aparentemente trivial, pero revela un problema mayor: cuando olvidamos al otro, olvidamos también el corazón del Evangelio.
Cuatro habilidades resultan esenciales para cultivar esta consciencia aumentada o pensamiento crítico:
- Metacognición: conciencia sobre lo que se aprende y cómo se aprende.
- Flexibilidad cognitiva: capacidad de cambiar de perspectiva sin abandonar la verdad.
- Alerta situacional: discernimiento para detectar manipulación, error o engaño.
- Autocontrol: disciplina interior que impide depender pasivamente de sistemas externos.
El objetivo final es formar creyentes autodidactas del alma: personas capaces de discernir, resistir y construir con sabiduría dentro del ecosistema digital.
El autor es ingeniero especializado en implementación de software empresarial de misión crítica. Es Project Manager Professional (PMP) del Project Management Institute (PMI), el referente más serio y reconocido a nivel mundial en administración de proyectos.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de marzo de 2026 No. 1602

