Por Arturo Zárate Ruiz

Hay un tipo falso de esperanza cristiana, el universalismo. Según éste, todos, todos, seremos salvos, hasta Judas quien traicionó al Señor, y de quien Jesús mismo sentenció: “Más le valdría a ese hombre no haber nacido”. Según esta doctrina errónea, Hitler inclusive sería salvo. Ateo, genocida, y suicida, para evitar que lo juzgaran y fusilaran de manera humillante, no sólo se pegó él un tiro, sino le voló los sesos también a su amante Eva Braun. Vamos, según esta forma de pensar, el mismo Satanás habría de acompañar a la Santísima Virgen y demás bienaventurados en el fin de los tiempos.

Tienen un argumento interesante. Dijo san Pablo que Cristo “quiere que todos se salven”.

Un primer problema es que no todos se quieren ir al Cielo, como sucede con Satanás. Odia a Cristo y le da tremenda tirria la pureza de la Virgen. ¿Ir al Paraíso para contemplar su belleza por los siglos de los siglos? Por poner otros ejemplos, un cura cuestionó a un racista estadounidense sobre no querer sentarse al lado de un negro durante la Misa. Le advirtió que con esos melindres le tocaría más bien encontrarse con sus secuaces del KKK en el mismísimo infierno, y no sólo con ellos, sino con muchos negros irredentos y resentidos, encargados de vengarse y de rostizar a los racistas eternamente. Aunque parezca chiste, sé de individuos que no quieren encontrarse en la gloria con su suegra. Prefieren convertirse en la carne asada del diablo y sus demás compinches. Sería, dicen estos payasos, bastante menor su sufrimiento.

Hay, por supuesto, quienes sí quieren ir al Cielo. Pero posponen su conversión dizque porque san Agustín también lo hizo. Más bien, están tan ocupados en sus torcidos asuntos que les cansa, por apáticos, el ir a la fiesta (como a los de la parábola), y el Señor, cuando empieza la alegría en su casa, cierra las puertas y envía a sus siervos a castigar a esos presumidos que se negaron a asistir. No es posible entonces por ellos el universalismo.

Hay quienes, aspirando a la bienaventuranza, no hacen más que lo fácil. Por ejemplo, algunos ricos tramposos se sienten más que santos porque, en su “humilde opinión”, son ellos quienes sostienen su parroquia con sus limosnas. Aun siendo esto cierto, exprimen esas mismas limosnas de sus empleados haciéndolos trabajar fuera de hora sin pagarles. He allí algunos usureros abusivos que, por ser muy devotos de san Mateo Apóstol, creen que se hace él de la vista gorda cuando ellos cobran las deudas de sus deudores con la mismísima esclavitud. A estos rapaces hay que recordarles que Jesús dijo no aceptar en su reino a los que sólo palabrean “Señor, Señor”. No basta abrazar lo que a uno le place, también hay que cumplir toda la voluntad de Dios.

Se dan quienes no creen y aun así se portan bien. Para ellos, dicen los universalistas, deben estar abierto los Cielos. Pues no. Ninguno de nosotros está libre de pecado, cuando menos del de Adán. Y aun cuando brillemos por nuestras buenas obras, son las obras de Dios las que nos abren las puertas del Paraíso: el sacrificio de Jesús en la Cruz. Es por este sacrificio y por su resurrección que somos salvos, no por Buda, por Alá, por Quetzalcóatl, o por nuestras buenas obras, aun cuando sean éstas necesarias. El punto es que no son suficientes. Es más, esas obras, si son buenas, no son nuestras, sino un don de Dios. Todo lo bueno de nosotros lo hemos recibido de Él. Debemos reconocerlo y agradecerlo. Y el don supremo es acceder a la gracia de sus sacramentos. Éstos santifican todo lo que hacemos, y lo hacen agradable al Padre celestial. Sin ellos, aun el amor humano más bonito se queda corto a lo que quiere Dios.

Jesús dijo “Bautizaos y creed en el evangelio”, no dijo “basta con que se porten bien”. La salvación requiere de nosotros el recibir el bautismo y demás sacramentos. Por supuesto, debemos vivir además esa gracia recibida. Debemos convertirnos y ser otros Cristo. Es esa gracia y la conversión la que nos hace santos.

En conclusión, no supongamos que “todos, todos, se salvarán”. Lo harán quienes se bauticen, y crean y vivan el Evangelio. Por ello debemos anunciarlo a los paganos y a los incrédulos. De ello depende que también nosotros nos salvemos.

 


 

 

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