Por El Observador
El Catecismo es claro: «La Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). San Atanasio la llama “el gran domingo” (Epistula festivalis 1 [año 329], 10: PG 26, 1366), así como la Semana Santa es llamada en Oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido (1169)».
El padre José Antonio Fortea dice que, si viviste bien la Cuaresma, vivirás bien la Pascua. Ahora que, “si no lo hiciste y estás con las manos vacías, al menos trata de vivir la Pascua. Trata de orar, meditar y estar con Jesús resucitado. Podemos empezar este domingo. Dios da gracias. Dios da mociones al alma. Nunca es tarde”.
El teólogo español, también especializado en demonología, recomienda meditar el texto de Hebreos 10, 19-20 como un eje en el que se puede encontrar la esencia del Triduo Pascual y de la Pascua:
“Así, pues, hermanos, no podemos dudar de que entraremos en el Santuario, en virtud de la sangre de Jesús; él nos abrió ese camino nuevo y vivo a través de la cortina, es decir, su carne”.
Fortea considera que con este texto se entra a la cámara más profunda del templo: “No se refiere al templo material, porque eso es figura, símbolo del templo donde habita el Dios vivo. Es entrar a lo más profundo de los cielos, a la presencia de Dios. Es ver la esencia de Dios; sumergirnos en la esencia de Dios. Ser traspasados por esa visión, empapados de ese amor de Dios. Eso es lo que espera a todo cristiano que se salve”.
Y agrega: “Poder ver a Dios cara a cara es lo que pretendemos con la Pascua. Nada es estar en el cielo más que esa última morada donde uno goza de la divinidad. La Pascua no es el fin, no es la meta. No la Pascua terrena, porque esta se convierte en lo que será la miel de la Pascua eterna”.
Desconexión y oportunidad
Partiendo de lo anterior, la Pascua es mucho más que un fin de semana largo con conejitos de chocolate y un ambiente primaveral agradable. Es una invitación a dejar atrás lo viejo y atreverse a lo nuevo. Pero a veces se viven momentos en los que cuesta confiar en que Dios lo tiene todo en sus manos. Las dudas personales, las crisis o los golpes del destino pueden paralizarnos. En esos momentos parece que toda esperanza está perdida. Y, sin embargo, la Pascua nos muestra que la cruz no es la última estación. Tampoco lo es la tumba.
La resurrección de Jesús no es una invención, ni un cuento, ni una metáfora, sino una realidad que transformó para siempre la vida de los discípulos. De repente, dejaron de tener miedo y ganaron valor. Ya no había desesperanza, sino alegría. Sabían que, si Jesús había vencido a la muerte, entonces ninguna situación era insuperable para nosotros. ¡La tumba vacía en la madrugada de Pascua lo
cambió todo!
Pero, ¿qué nos impide vivir la alegría de la Pascua? Sin duda, el mundo acelerado e hiperconectado en el que vivimos. Si bien es cierto que sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos con voz pública han construido comunidades reales a través de Instagram, YouTube, TikTok, pódcasts y newsletters, siempre es necesario desconectarse y vivir ese contacto de fe o de reflexión espiritual en el templo, con la familia, en el espacio personal o en de trabajo.
En promedio, un usuario de internet se conecta entre 7 y 9 horas por día, ya sea para enviar mensajes a través de aplicaciones, realizar actividades laborales, acceder a redes sociales y otras plataformas, revisar correos electrónicos, escuchar música o radio por internet, realizar operaciones bancarias o utilizar mapas de geolocalización.
Entonces, ¿qué tiempo queda para vivir la alegría de la Pascua? Es deber de los bautizados encontrarlo y meditar, como invita el padre Fortea, para descubrir la esperanza cristiana auténtica que no busca la felicidad en cosas materiales pasajeras o en placeres momentáneos.
Desconectarse y centrarse en la alegría pascual abre la posibilidad de empezar de nuevo. Es un momento perfecto para la renovación espiritual. Es como la limpieza de primavera: cuando afuera todo vuelve a cobrar vida, también se anhela eso en nuestro interior: dejar entrar aire fresco, eliminar el desorden y hacer espacio para lo nuevo.
La Pascua es una invitación para poner en orden la vida. El tiempo pascual es la oportunidad para renovar el corazón y dejarse conquistar por el amor de Dios. Por medio del perdón que se nos concede en Cristo, es posible sanar heridas antiguas y liberarse del peso del pasado. Este perdón nos regala la libertad de mirar el futuro con una nueva perspectiva.

