Por P. Fernando Pascual

Un argumento será bueno si convence y ayuda a alcanzar la verdad. Un argumento será malo si no convence, o si convence pero en algo lejano a la verdad.

Así, hay quienes proponen argumentos a favor de una guerra concreta, o a favor de una nueva política fiscal, o a favor de un nuevo sistema de enseñanza, o a favor de una dieta casi milagrosa.

Quienes escuchan los argumentos pueden ser convencidos o pueden “suspender el juicio”, según una famosa propuesta de algunos filósofos escépticos del mundo antiguo.

Descubrimos que algunos argumentos, quizá no tan buenos, pueden ser acogidos solo cuando surge en los oyentes confianza: confianza en quienes proponen tales argumentos, o confianza en lo que puedan tener de aceptable.

Confiar en los argumentos se convierte, entonces, en un factor importante a la hora de ofrecer ideas (por parte de quien habla) y de acogerlas (por parte de quien escucha). No siempre se llega a la confianza, porque algunos temas son realmente complejos, o porque el oyente no se siente preparado, o porque tiene cierto recelo hacia quien habla.

Cuando existe simpatía hacia quien habla, puede resultar fácil confiar en los argumentos que ofrece. Ello puede ser algo positivo, si quien habla es honesto y busca ayudar al oyente; o algo negativo, si quien habla busca manipular o guiar al oyente hacia ideas que no están suficientemente demostradas.

En temas que se refieren a nuestra vida concreta, como seguir esta dieta u otra dieta, o en temas que abarca el sentido de nuestra existencia, como los que se refieren a Dios y a lo que haya tras la muerte, los argumentos tienen su importancia, pero no bastan, pues muchas veces se piensa y se decide según la confianza que nos inspiran quienes hablan.

En el famoso diálogo que narra la muerte de Sócrates, el Fedón, se hace presente la interacción entre los argumentos y las emociones, esperanzas o miedos de los oyentes. El tema resulta clave para todos: la inmortalidad del alma. Por eso, al abordarlo, cada uno se siente interpelado en todas sus dimensiones, intelectuales, emotivas, relacionales.

Escucho o leo nuevos argumentos sobre un tema que me interesa y que puede cambiar mi vida. Analizo con la razón su validez, y acojo, desde una confianza cauta pero abierta, lo que otros puedan ofrecerme para avanzar, aunque sea un poco, hacia verdades que necesito para mi presente y para el futuro que se abre ante mis ojos y mi corazón.

 


 

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