Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Medio mundo va a estar pendiente de un balón en las siguientes semanas. Vamos a conjugar —con ojos, labios y corazón— los verbos ver futbol, oír futbol, gustar futbol, leer futbol y apasionarse del futbol.
El deporte como una competencia entre individuos nos vino de la Inglaterra de mediados del siglo XVIII, cuando aparecen ya tres características del deporte moderno: la persecución del récord, el creciente interés por la velocidad y la obsesión por medir el tiempo. Toda una “victoria alada”. Harrison inventaría el cronómetro en 1774.
Si Inglaterra comenzó por la carrera de caballos que entusiasmó sobre todo por la fascinación de las apuestas, en el siglo XIX habrá aumentado el número de deportes, como el fut en 1863, la natación en 1869, el ciclismo en 1878, el atletismo en 1880 y el esquí en 1903. Al número de deportes, Inglaterra ofrece en este siglo, nuevas características como la perfección de la técnica, la inserción del deporte en la actividad económica y su penetración en las diferentes clases sociales a las que pone en comunicación. Un balón borra diferencias entre nobles y plebeyos.
El imperio británico sembró a los cuatro vientos, sin más límites que los del orbe, las prácticas deportivas hasta el punto de que hoy priva una conciencia deportiva mundial, un hecho social de masas, una necesidad de practicarlo y contemplarlo, un estímulo imponderable para la salud física y mental, una escuela de virtudes que es preciso ejercitar, un óptimo aprovechamiento del tiempo libre y un diálogo pacífico y fraterno entre pueblos y culturas.
El escritor alemán Carl Diem definió certeramente el deporte con el eslogan de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Libertad es escoger una especialidad deportiva, un método de entrenamiento unos compañeros determinados. Igualdad, porque en el deporte cada uno —negro o amarillo, pobre o rico, doctor en física o semianalfabeto—, se sitúa en la misma línea de salida en una perfecta democracia que envidiaría la política. Fraternidad, porque esta actividad libremente escogida y ejercitada, posee una extraña fuerza de vinculación, funde sangres y geografías, acrece el nacionalismo y todo esto avivado por himnos y banderas, colores y símbolos patrios que, algunas veces —he aquí el riesgo—, pueden desembocar en un vano patriotismo o en un torpe fanatismo.
El magnetismo del deporte llega a confundir jugadores con espectadores. Once futbolistas se identifican con los 84 millones de sus conciudadanos. En esta World Coup de Chicago se irán solamente palabras en plural: perdimos o ganamos. Y el puñado de hombres que obtenga la Copa del Mundo, hará cimbrar su patria con un huracán de gargantas, banderas y claros clarines.
Artículo publicado en El Sol de México, 2 de junio de 1994; El Sol de San Luis, 4 de junio de 1994.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de mayo de 2026 No. 1609

