Por Sandra L. Suastes Acosta

En la sala de la casa, en ese espacio reducido oramos en familia todas las noches, en lo ordinario del día donde las horas transcurren salvo esas veces que la vida te aprieta y los miedos se aferran como colmillos de gato en el tobillo, pero en casa te han enseñado a confiar y a dejarlo todo en manos de una presencia divina que a veces no te responde, seguro analiza y delibera, es una presencia divina, es algo así como la atmósfera del cielo.

Aprieto mis manos, fuerte, hasta ver el color rojo en las puntas de mis dedos y sentir dolor en mis articulaciones y le pido a lo divino que me llene, le pido su paz, su visita, su intervención, es tan profunda mi petición como la certeza que la vida pone en un niño y entonces, se presenta una visión extraordinaria.

Es fugaz, dura apenas unos segundos en el tiempo mecánico, pero en el tiempo orgánico todavía cierro mis ojos y veo esa imagen extraordinaria. Esos segundos se convierten en satori y son los suficientes para hacer contacto entre miradas, la paz llega y con ella la sorpresa de la charla constante, del recuerdo de que siempre está presente, del regalo de hacerte saber que su silencio no es abandono sino calma, reposo para retomar con fuerza, para empoderar la fe en quien se cansa y se reclina esperando el milagro.

Y es que en el pasado lo he sentido muchas veces, a ese silencio que se pasea por los pasillos, por las bancas de la capilla, por la cocina, pero nunca lo había mirado tan cerca, tan profundo, tan personalmente próximo, con una conexión suprema, especialmente íntima.

En mi petición el tiempo toma un descanso, la visión fugaz de la visita de un maravilloso joven León dorado en mis pensamientos, es tan real que su mirada encuentra la mía, está al frente con el cuerpo en forma de defensa y hacia adelante pero su cabeza gira hacia mí, no me ataca, está lo suficientemente cerca para verlo de cuerpo entero, me lanza su mensaje y me defiende y delante de ese León joven hay otro que se adelanta…termina la visión. Fugaz como esos pensamientos que todo el tiempo tengo pero que nunca salen, se absorben.

No se adormecerá el que te guarda. En lo expuesta, cansada e insegura que a veces se ve la vida, el no quita los ojos de mí. La experiencia es tal que la calma vuelve y como un lugar de guerra sales y en el caos ves el camino despejado y seguro de que podrás transitarlo.

Entonces lo que me ha dejado ver necesita ser testimonio, me ha dejado ver que me sigue sigiloso y en silencio, cada paso, cada decisión, cada cruda herida en el alma y en el corazón que llena de arcilla, duele cuando rellena la herida, pero es arcilla curándome, redirigiéndome, moldeándome…es ese recordatorio de que una fuerza superior me respalda.

Cuando la fuerza física se agota, se asoma la resiliencia, la voluntad, la conexión, se unen como eslabones inquebrables, indisolubles, permanentes, el momento en que dejas de confiar en lo que puedes hacer y empiezas a confiar en lo que te sostiene.

Ya vería la cara que pondría si en la vida un León se me aparece en el paraje a veces solo, otras veces ruidoso y húmedo de la selva o de la sabana, con seguridad podría congelarme del miedo y terminaría devorada, o bien, tomaría el último y poderoso impulso de adrenalina para correr con la fuerza de quien se desangra en el trayecto al hospital pero aquí, el león no amenaza… me avisa con calma y fortaleza…”voy al frente”, “sígueme”, “camina en lo oscuro de los miedos” pero cuando por fin abres los ojos y miras al miedo lo que se presenta son oportunidades para hablar de la luz…no temas nunca cuando hables de la luz, “voy al frente”…se escucha.

Tengo una vida hablando en la atmósfera del cielo, últimamente, sí, como si el camino a su encuentro estuviera a la vuelta de la esquina, últimamente más, con el tiempo queda amar la vejez que llega a su paso, que es la antesala del encuentro esperado que se sentó justo a la espera. En mí caso, aún me encuentro en el limbo de las edades, ahí donde todavía eres fuerte y el cansancio todavía no mata…solo digo que es y ha sido más sensible este tiempo, donde lo he reconocido en mis palabras, en mis actos, en mis modos, en mi día completo en mi noche obscura, como quien de sorpresa te tapa los ojos con sus manos y pregunta ¿quién soy?, cuidado aquí, tan solo el calor en sus manos en tus ojos debería de hacerte saber quién es.

Regreso al recuerdo vivido de ese joven León dorado, aparece justo cuando siento que mi fuerza humana se agota, es un recordatorio de mi herencia espiritual. Mira, no hace tanto que llegaron a mi oficina para hacer una oración de sanación por mí, he de contarte que tuve un accidente ya algunos años y un día vuelve y se queda invitado aunque es evidente su recuerdo en mis piernas, es evidente, pero este regreso se instala, el dolor regresa…pero escucha, esta oración que hacen por mis piernas se ofrece en nombre de Dios, y frente a quien ora por mí se encuentra una imagen que está en el calendario, ¡un león! Dios presente dice quien ora, sonríe aliviada de su presencia, ¡refuerzos!

Este León que me visita en la oración profunda se vuelve un guardián, me dice que deje de lado el temor, es tan rápido, sé que lo he comentado anteriormente, pero en verdad que es fugaz, le bastan segundos para lanzar el mensaje… todavía, incluso sin cerrar los ojos, lo veo, permanece fuerte, valiente, seguro. Me regresa la calma, mi mundana vida es salvada por la fe, como el puente que conecta mi debilidad con la fuerza del León, es lo que permite ver al León en mi oración y entonces… se convierte en una revelación de que Dios y su fuerza espiritual está presente y activa.

El joven León dorado, ¿nos volveremos a encontrar?… con seguridad lo haremos, en esos momentos de gozo y soledad, de virtud y de oscuridad, como la arcilla del alfarero hasta estar lista para la gran obra, pero con la certeza de la mirada del León al que guardaré en mi alma por si un día lo olvida mi mente o mi corazón se muere, estará ahí, sí, donde siempre estuvo la luz.

La autora es Maestra en Ciencias y coordina el área de Investigación en el IEST-Anáhuac. Se reproduce con su permiso expreso.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de mayo de 2026 No. 1611