Por P. Fernando Pascual

La cocina está llena de humo. Ese es el efecto. Buscamos la causa: alguien dejó el horno encendido demasiado tiempo.

Normalmente ante un efecto buscamos conocer la causa. Si hubo un apagón de luz, alguien o algo lo provocó. Si empezó un fuerte dolor de vientre, tiene que existir algún motivo.

La búsqueda de las causas no se limita a asuntos pequeños: en ocasiones puede ir a temas existenciales. Yo existo como efecto de muchas causas. ¿Cómo explicar mi existencia?

Pensamos en nuestros padres, que a su vez existen gracias a nuestros abuelos. La cadena “hacia atrás” se hace larga, casi interminable: una conexión continua entre causas y efectos.

La conexión entre efectos y causas nos muestra un cierto orden de relaciones en el universo. Toda causa produce un efecto, aunque no sea el efecto previsto inicialmente, porque en ocasiones se juntan dos causas que provocan un resultado sorprendente.

En ese orden, hay efectos producidos por causas libres: hombres y mujeres que reflexionan y deciden comportamientos concretos, que producen resultados que pueden tener menor o mayor importancia en la historia de las personas o de la humanidad.

Nos gustaría evitar efectos negativos, lo cual resulta posible cuando nuestras voluntades pueden rechazarlos y tienen las fuerzas necesarias para impedir que otros pongan en marcha malas acciones.

Al mismo tiempo, nos gustaría promover efectos positivos y buenos, desde voluntades orientadas a la justicia, deseosas de promover un mundo abierto al respeto a los demás y orientado al amor y al servicio.

Al encontrarnos ante un efecto negativo, podremos buscar su causa y trabajar para que no vuelva a repetirse, aunque sabemos que muchas veces eso es imposible o muy difícil.

Frente a un efecto positivo, buscaremos que su causa siga activa y que así continúe ofreciendo algo de bien en un mundo que tanto lo necesita.

Luego, no ocurrirá todo como desearíamos: hay efectos que escapan por completo a las previsiones mejor elaboradas. Pero al menos pondremos lo mejor de nosotros mismos para abrir el mundo a resultados buenos, y para acoger lo que Dios decida o permita en cada etapa de nuestra maravillosa y siempre compleja historia humana.

 
Imagen de Mari Loli en Pixabay