Por Rebeca Reynaud

La devoción es la voluntad pronta para entregarse al servicio de Dios. A un musulmán su padre le decía: “La devoción no es una oración, es una identidad”.

La Pascua es el inicio de la gracia, Pentecostés es la corona de esa gracia, dice San Agustín. Pentecostés es como el cumpleaños de la Iglesia, es el inicio de la cosecha en el mundo. San Pedro convirtió a tres mil en un solo discurso. Una vez que vino el Espíritu los Apóstoles pudieron proclamar el Evangelio incluso poniendo en peligro su vida.

Rafael Llano Cifuentes escribe: “Después de Pentecostés, los judíos que habían perseguido a Jesús comenzaron a ver cómo, de forma avasalladora, se propagaba su doctrina. Aquel fuego, que habían intentado apagar dándole muerte a Nuestro Señor, se extendía como un gran incendio, atizado por un viento desconocido, que no era otro sino el viento del Divino Paráclito. Después de la conversión de aquellas tres mil personas, en pocos días, el número de los discípulos llegaba a cinco mil (Act. 4, 4)”.

Los apóstoles predicaban la doctrina de Cristo con una seguridad que asombraba a todos, ya que eran considerados hombres sin recursos y sin cultura (Act 4, 32). Los veían transformados, hablando con la autoridad de Cristo y obrando con el poder de Cristo, como ellos mismos lo afirmaban (Act. 4, 10). Y hasta la sombra de Pedro curaba a los enfermos” (Act. 5, 15).

“Aquellos hombres se parecían al Maestro por su mansedumbre y humildad, por su valentía y su dignidad y, especialmente, por su determinación jubilosa de dar la vida por el Evangelio. En suma, los judíos habían querido dar muerte a Cristo, y ahora se encontraban con muchos cristos: tantos como apóstoles y discípulos. Esta maravilla divina no podemos considerarla como una realidad incrustada en el tiempo, perdida entre las nieblas de la historia. Es – tiene que ser – una realidad viva, actual, porque el poder de Dios no ha disminuido y la gran fuerza del Espíritu está siempre renovando la faz de la tierra.

¿No sentimos nosotros también esa inmensa desproporción entre nuestra misión y nuestra miseria personal?; ¿entre el fabuloso trabajo que tenemos que realizar y nuestras limitaciones humanas, flaquezas, abandonos y desidias?; ¿entre la santidad que esperan de nosotros y nuestras negligencias e inconstancias, nuestras sombras y pecados?… Y a pesar de eso, tenemos que ser como el Espíritu Santo que abre caminos como conductor, como guía, como líder, según reza un antiguo cántico litúrgico.

Un sacerdote joven estaba preocupado porque había dejado su parroquia por tres semanas a causa de un Curso de Teología. En su interior oyó estas palabras del Señor: “Las almas son mías”. Y se quedó muy aliviado.

Una práctica que nos ayuda a preparar la fiesta de Pentecostés es la lectura del Decenario al Espíritu Santo, de Francisa Javiera del Valle. Escribe: “Las Tres Divinas Personas tienen atributos. El Padre tiene como propios y como cosa que a él le pertenece, el poder y la justicia; el Hijo, la sabiduría y la misericordia; y el Espíritu Santo, que de los dos procede, la caridad y la bondad. Este Dios, tres veces santo, es manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad y grandeza, de todo poder y gloria”. Y aconseja: “No pongan sus ojos en lo que cuesta; pónganlos en lo que vale; siempre ha sido así, el costar mucho lo que mucho vale”.

Para hacer la creación entera bastó el atributo del poder de Dios; pero para la creación del hombre, las tres divinas Personas, pusieron en ejecución todos los atributos divinos, dice Javiera.

Dios no castigó al hombre como Satanás quería -no dándole otra oportunidad como a él-; en esto fue Satanás humillado, porque el castigo que Dios puso a nuestros primeros padres fue temporal, y a Satanás se lo dio eterno, por los siglos sin fin. Dios castigó a los ángeles para siempre porque su pecado fue por malicia; castigó temporalmente al hombre, porque pecó por seducción. ¡Cómo se ven aquí las entrañas de misericordia que Dios tiene y lo que le cuesta castigarnos!

El Espíritu Santo tiene una “escuela”. En esta escuela todo es de practicar lo que enseñan, y si no lo practican, es cosa concluida; la escuela se cierra y no se abre. Porque, aunque la escuela se da en el centro del alma, no puede uno entrar allí si no le mete el Maestro (p. 70). “A lo que más nos inclina este Maestro admirable es a la privación de todo lo que es regalo”. Afirma Javiera que, para gozar, una eternidad nos está ya preparada; para padecer por Él, no tenemos más que la vida presente: pues aprovechémonos de ella y padezcamos por Cristo Jesús cuanto podamos.

 
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