Por Ramiro Pellitero
El Corazón de Cristo es el principio unificador de todo el plan de salvación. El Corazón de Cristo es donación absoluta de sí, sale de sí mismo para darse. Dios nos tiene un amor apasionado, busca cómo expresarse, extenderse y, al mismo tiempo, darse. Nuestra vida cristiana es una participación de ese amor. ¿Cómo lo podemos recibir? Por la gracia, por el Espíritu Santo, y esto nos lleva a la acción.
La educación cristiana implica la formación del corazón. Hoy tenemos un pluralismo multicultural y una necesidad urgente de educación. Eso requiere el discernimiento educativo, que consiste en ponerse en el lugar de los que escuchan. No hay “recetas” porque las circunstancias y las personas son distintas.
En la enseñanza de la fe, en la práctica, a veces se queda en un cristomonismo, es decir, se habla sólo de Cristo y se omite la realidad de la Santísima Trinidad. Eso no es correcto. El Cristianismo Trinitario debe ser el fundamento de la catequesis. La cultura cristiana nace de la centralidad de Cristo mediante el Espíritu Santo.
Cristo y sus enseñanzas son la luz que se nos da para ordenar e interpretar todos los contenidos de la fe. Cristo no es un fin aislado, nos conduce a la totalidad de nuestra fe que es la unión con la Trinidad. La catequesis busca la comunión vital con Cristo y esto empieza en el corazón del catequista.
La catequesis empieza con el conocimiento amoroso de Cristo. Despertar el deseo por Cristo, presentando al Dios deseable, porque en él están la Belleza, el Bien, la Verdad y él busca nuestro bien.
Hay un antropocentrismo en la cultura occidental, que tiene unos síntomas: un secularismo desconectado, vivir como si Dios no existiera; una religiosidad vacía sin un Dios personal porque rechaza la Encarnación; desprecio de la materia y del mundo creado y cae en el rigorismo; el gnosticismo que piensa que lo que salva son los esfuerzos humanos.
Tenemos el peligro de un pragmatismo sin amor: El activismo pragmático pide reformar las estructuras, pero sin amor. Se busca que funcionen las cosas, pero está vacío de corazón.
¿Cómo curamos esta enfermedad? cambiando desde dentro, promoviendo la alegría de la entrega cristiana. La ternura de la fe es una realidad. La piedad del pueblo son expresiones profundas que buscan incluso consolar al Señor. Esto forma la plenitud de lo humano.
El mundo puede cambiar porque la paz, la donación, el encuentro son tareas del corazón. El corazón nos salva de vivir divididos por dentro, ayuda a integrar las diversas relaciones con Dios y con los demás. La persona cambia y madura en relación con los demás.
La sinodalidad real no es sólo una reunión o participar en el gobierno de la Iglesia, es la vida de los cristianos en el mundo. Incluye el trabajo por los demás y la compasión por las personas necesitadas. Se nos pide una promoción incansable de la paz.
El educador de la fe tiene unos contenidos que ha de explicar desde el marco bíblico y trinitario. Si educa a niños pequeños, al inicio, hay que explicar cómo Jesús ama a los niños.
Después del cristocentrismo hay que enseñar la moral cristiana y los novísimos, lo que Dios nos tiene preparado: el juicio, el cielo, el purgatorio y el infierno.
Una cultura secularizada se ha apartado de Dios, como es la nuestra. ¿Qué camino tomamos? El tomar el ser de las cosas, es decir, su realidad, e integrarlo con la verdad revelada y el camino fenoménico. Jesús habla de la realidad de un Dios Padre que nos quiere y se preocupa de las personas. Hay que pasar luego a enseñar la liturgia.
El educador nunca ha sido un transmisor de conceptos, aunque sean importantes, el educador de la fe es un testigo vivo del encuentro con Cristo, desea formar a Cristo en los corazones, es lo que buscamos en la catequesis. Los jóvenes quieren todo superficial y rápido, ven varias pantallas y ponen poca atención, por eso hay que hacerlos conscientes de la importancia del silencio, de la belleza de lo macro y de lo micro, de la belleza del arte… Y luego la belleza de las cosas cristianas, la belleza de hablar con Dios.
La propuesta es que la contemplación del Corazón traspasado ha de hacerse, desde la contemplación del educador, y así contribuir a curar el mundo desde el corazón.
La vida del hombre es un camino de alegría y de dolor.
Benedicto XVI dice que Dios tiene un amor infinito, sufre de modo distinto a nosotros. No son cuestiones que se demuestren. El camino para ver cómo Dios sufre lo vemos en Jesús.

