Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Parece que todo ser humano es barro, frágil y caduco. Así lo constatamos por las enormes tristezas, los abismos de violencia, de encubrimientos, de impunidades y avaricias, aunque Dios al principio, al ser humano de barro, le infundió su aliento vital, su beso, su caricia; pero por la perversidad del espíritu maligno y mentiroso, perdió su condición de hijo, para sumirse en el barro de sí mismo, de su ‘ego’: ruptura de comunión divina y humana; por eso se desmorona con la muerte.
Dios no lo abandona; le promete el rescate, en virtud de su infinito amor, Amor difusivo de sí mismo, Dios Amor, Padre amoroso por su Hijo amado Salvador, ofrece nuevamente el Hálito vital de su Amor, el Espíritu Santo, mutua Caricia entre el Padre y el Hijo.
En el texto del Evangelio de san Juan (cf Jn 20, 19-23), nos dice de dónde viene el Espíritu de Amor por el precio de la obediencia del Hijo, su Pascua, su muerte obediencial y por su resurrección; devuelve la paz, viene de sus llagas abiertas permanentemente y que no pueden cicatrizar, sobre todo la de su Sacratísimo Corazón, para darnos ese Espíritu divino; nos da la paz, armonía recobrada, misterio de comunión con él y con el Padre, por el Espíritu de comunión y de unidad; concede a sus discípulos el poder de perdonar, de restablecer esa comunión perdida.
En el Pentecostés cristiano, aparece el Espíritu como Hálito, viento impetuoso y fuego (cfr Hech 2, 1-11), para iniciar la misión universal de la Iglesia, precisamente por la presencia y el dinamismo de este Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida.
El Espíritu Santo es nuestra fuerza y el alma de nuestra alma; lo recibimos inicialmente en nuestro bautismo y por la confirmación será el sacramento de nuestro fortalecimiento, de cohesión interior y de testigos de su presencia y de su amor.
Él nos enriquece con sus siete sagrados dones, de sabiduría, de ciencia, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de piedad y del amor reverencial o del santo temor, para que podamos actuar a modo divino, en el mismo Espíritu, nuestro Hálito sobrenatural.
Es el Espíritu Santo quien nos libera del miedo, de la mediocridad, nos llena de fe y de esperanza creadora, desde el dinamismo de su amor.
Es necesario abrir nuestro corazón de par en par, con humildad y enorme sinceridad. Él puede llenar nuestros vacíos. Por él, Cristo Jesús resucitado permanece en medio de nosotros, en comunidad de amor, permanentemente redimiéndonos por la misma acción del Espíritu en los sacramentos de su Corazón.
Solo en el Espíritu Santo, poseeremos la Paz, la sanación y la alegría traída por Jesús.
Es prioritario saber que nuestros esfuerzos y trabajos, no bastan; el Espíritu Santo, precede con su acción y gracia, nos acompaña y lleva a feliz término nuestra entrega; él hace posible esa entrega plena.
En él y por él se pueden superar los problemas y los conflictos. En él podemos amar con ternura y compasión, separados de una mentalidad materialista y superficial.
Por eso, oremos frecuentemente al Espíritu divino, nuestro Hálito vital, Alma de nuestra alma con esta secuencia, ‘Veni, Sancte Spíritus’:
‘Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas, fuente de mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso en nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos…’
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