Por Arturo Zárate Ruiz
Si bien los agnósticos y los ateos niegan la inmortalidad, la desean. Por ejemplo, buscan ser recordados en la “Historia” —así, con mayúscula—, buscan ser reconocidos en la narrativa patria, es más, en los más insignes monumentos, como parte clave en el “Proceso Social” y el “Progreso”. Ahora bien, de ser cierto que lo que queda de todos nosotros, al final, no es más que gusanos, hedor, nada, en la tumba, toda mención que se haga aun del mayor prócer con letras de oro en losas de mármol sería irrelevante, si se alcanza. La sentencia sigue siendo Sic transit gloria mundi. O en lenguaje eclesiástico: “Que polvo eres y en polvo te convertirás”. De ser coherentes estos ateos en su negación total de la vida después de la muerte, más sensato es que abracen el carpe diem (logra el día) de los latinos que tratar de asegurarse con desplantes grandilocuentes un lugar póstumo en las fiestas civiles. No les tocaría a dichos incrédulos disfrutarlas.
Pero todavía vivos persiste en ellos el deseo de no morir. Por lo que, a algunos, les parece conveniente investigar y promover cualquier esfuerzo para prolongar la vida suya, e inclusive, preservarla indefinidamente. Invierten ya en congelar sus tejidos para tenerlos a la mano si necesitan trasplantes que sustituyan médicamente los dañados. Hay quienes ya han dispuesto congelar sus cuerpos completos o al menos su cabeza para cuando llegue a ser posible, después, según piensan, la resucitación. Su visión es acceder a una vida sin fin.
Puramente material, y por ello, muy imperfecta. Por muy guapos que por los siglos permanezcamos como Dorian Gray, nos acabaríamos aburriendo de nuestra cara, pues no dejaría de ser un rostro material, imperfecto, sin trascendencia.
No es que los cristianos aborrezcamos lo material. De hecho, no nos satisface la mera resurrección del alma. Estaríamos incompletos sólo con ella. No somos seres meramente espirituales, como los ángeles. No somos tampoco un alma con envase material, envase que luego se desecha. Somos una unidad que integra cuerpo y alma. Y aunque muchos también lo creen así, no lo hacen exactamente como los cristianos.
Algunos pueblos, digamos, los de tradición hindú, creen en la reencarnación. Pero aún si sí ocurriera, dejaríamos de ser nosotros en la nueva vida. Seríamos aquello o aquél en quienes hemos reencarnado. Por ejemplo, según este supuesto, aunque a Irma le toque ser una esclava y no una reina como hubiera preferido, dejaría de ser Irma y sería la otra persona. La inmortalidad consistiría en transmigrar de una materia a otra. A fin de cuentas, esto no sería en sí inmortalidad. Sería mera transformación material, como ser antes una silla y luego palillos para limpiar los dientes.
Los egipcios, sin haber recibido aún la Revelación, cuidaban sus cuerpos para la vida eterna. Por ello los momificaban al morir. Su creencia sin embargo era insuficiente para lo que es una verdadera aspiración de inmortalidad. Nadie queremos volver a la vida como momias. De nuevo, su visión se queda en gran medida en lo material. Y no sería nuestro rostro uno bonito como el mencionado de Dorian Gray, sino uno seco como pergamino.
Nosotros nos parecemos a los egipcios porque sepultamos los cuerpos. Pero esperamos no renacer en nuestros viejos y caducos cuerpos. Esperamos hacerlo con nuestros mismos cuerpos, pero renovados, en el fin de los Tiempos. Lo creemos así porque Cristo se hizo Hombre y, siendo Dios, seguirá siendo Hombre hasta la Eternidad. Con Él y por Él nuestros cuerpos serán glorificados. Nuestro cuerpo reflejará entonces la gracia recibida y la santidad que hayamos alcanzado en nuestras almas. Seremos luz que reflejará la infinita Luz que es Dios.
Aquel quien nos amó desde la eternidad, y nos creó a imagen suya uno por uno, aquél que se hizo carne, que padeció y que resucitó para redimirnos, también tiene el Poder para resucitarnos en cuerpo y en alma, y darnos un abrazo eterno de amor.
Es tiempo de Pascua en que celebramos la Resurrección, el triunfo final de Dios. Aunque el calendario para los humanos siga corriendo, para Dios la partida ya ha terminado. Ya derrotó a la muerte, al pecado y al demonio. A nosotros nos toca unirnos con Él en su triunfo.
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