Por Arturo Zárate Ruiz
Hay de pecados a pecados. Unos son menores y otros mayores. Los que siguen a la debilidad de la carne no son tan graves como los que se cometen, por usar términos penales, con premeditación, alevosía y ventaja. Dante nos lo recuerda, poéticamente, en su Divina Comedia. Por ello, coloca a los fornicarios en el primer círculo propiamente infernal (no lo es el limbo). Pecaron, los que están allí, por meros impulsos lascivos; mientras en la profundidad del Averno están los traidores, por haber maquilado con mucha reflexión y tiempo su ruindad.
Viene eso a cuento por el comentario del papa León XIV que previene contra una reducción de las ofensas contra Dios a los deslices amatorios. Dijo: “la enseñanza moral de la Iglesia no se refiere sólo a cuestiones sexuales, sino también a la justicia, la igualdad y la paz”. En su comentario va implícito que por poner demasiada atención a no ceder a la carnalidad indebida acabemos cometiendo pecados más graves, como asesinar. Si, en la Divina Comedia, Francesca de Rimini y Paolo Malatesta están casi en la entrada del infierno, a Giovanni, esposo de Francesca y hermano de Paolo, le toca sufrir en el séptimo círculo, más horrendo que los previos, por, quitándoles la vida, haberse vengado de esos adúlteros.
De cualquier manera, la lujuria no deja de ser pecado, y sin arrepentimiento, quien lo comete va al infierno. Así describe Dante sus tormentos:
“La borrasca infernal, que nunca cesa, en su rapiña lleva a los espíritus; volviendo y golpeando les acosa… allí los gritos, el llanto, el lamento; allí blasfeman del poder divino. Comprendí que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados, pues someten la razón al deseo”.
Santo Tomás explica la gravedad de este pecado así:
“Cuanto más necesaria es una cosa, tanto más necesario es guardar en ella el orden de la razón y, por consiguiente, más pecado habrá en la transgresión de dicho orden en ella. Ahora bien, el acto venéreo… es muy necesario para el bien común, que consiste en la conservación del género humano. Por eso debe guardarse de manera especial, en esta materia, el orden de la razón y, consiguientemente, si se hace algo en contra de lo que la razón ordena, será vicioso. Pero es propio de la lujuria el incumplir el orden y moderación que la razón exige en los actos venéreos. Por tanto, la lujuria es ciertamente pecado”.
Ciertamente, si se le pone atención más precisa al comentario del Papa, no nos habla de lo que no debemos hacer, sino de lo que debemos hacer: practicar la justicia, la igualdad y la paz. Y si se añade al comentario la parábola de los talentos, no basta para Dios que le regresemos los bienes recibidos, como lo hizo el siervo malo y negligente. Quiere que multipliquemos además esos bienes recibidos con las buenas obras a los demás.
Aun así, no está de más recordar lo que no debemos hacer. La lujuria, por ser quizás el pecado más común, las leyes humanas no lo persiguen ya. Tal vez se necesitaría meter a mundo y medio en la cárcel, de castigarlo. Es más, ya ni siquiera los tribunales consideran el adulterio causa de divorcio civil, para no hablar de la manera amable con que los gobiernos denominan ahora a quienes ejercen la prostitución: sexoservidoras y sexoservidores. Mi punto es que, aunque sea la fornicación muy común, algo imposible de controlar por el Estado (tarea que de asumirla lo llevaría a la tiranía), no deja de ser una ofensa grave a Dios.
Y ya lo es con la pornografía y las faltas al pudor, tan admisibles en algunos círculos sociales que a una la llaman arte y a las otras, elegancia.
En fin, es muy difícil practicar el bien si nos arrastramos en el lodo. Y resulta casi utópico intentarlo si nos encontramos sumidos en el pantano del desenfreno. Ni en sueños un hombre logrará cariño y dar buen ejemplo a sus hijos si los tiene desparramados entre muchas madres. No recibirá más que el rechazo y rencor suyos.
Se podría resumir todo esto señalando que la lascivia o lujuria es gravísima porque subvierte el amor, justo la misma naturaleza de Dios, y lo convierte en una horrible caricatura suya, como el mismo rostro pseudo-trinitario del Diablo en las profundidades del Infierno de Dante, el cual indica la ira, la impotencia y la ignorancia del malvado.
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