Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro
El Papa León XIV inició su largo peregrinar apostólico al continente africano visitando en Argelia la basílica de Annaba, celebró allí la Eucaristía y recorrió las ruinas de la antigua Hipona, ciudad en la que San Agustín ejerció su ministerio y magisterio durante toda su vida.
Dijo el Papa agustino: “A lo largo de los siglos los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros Patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo”. Un lugar sagrado lo es para siempre. Y en la explicación del Evangelio, al referirse al viejo maestro de Israel, a Nicodemo, que lo fue a buscar de noche, comentó: “Esta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo: esta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda”. La búsqueda eterna de Dios.
A Nicodemo el Señor Jesús le explicó que tenía que “nacer de nuevo”, que no bastaba para ser ciudadano del Reino de los Cielos el ser de la estirpe de Israel, presumir de un privilegio de raza, sino que tenía que nacer “de lo Alto”, dejándose conducir y re-engendrar por el Espíritu, y así “nacer de nuevo”, ahora como hijo de Dios. Esto se lo dijo, no como un consejo, sino “con toda la fuerza de un deber”: “¡Tienes que nacer de nuevo!”. Este imperativo no coarta la libertad, sino que expresa la grandeza del don, como todo lo que viene de Dios. Aquí, la divina filiación. San Agustín lo condensa con una frase inmortal, diciendo a Dios en el libro de sus Confesiones: “Dame lo que me mandas y manda lo que quieras”.
Como respondiendo con anticipo a estas enseñanzas, el Señor Obispo diocesano, en comunión con todo su Presbiterio, el día 4 de abril, en asamblea plenaria y retiro espiritual de preparación para la santa Pascua, inauguró solemnemente el espacio que ocupará la nueva Catedral de la diócesis de Querétaro, en los terrenos adquiridos en propiedad hace ya algunos años, pero que nunca envejecieron en el corazón de los católicos queretanos, como lo ha demostrado la acogida de la feligresía que ha recibido con gozosa esperanza este signo de crecimiento y madurez espiritual.
Es, en efecto, un fruto sazonado de la renovación conciliar auspiciada por el papa San Juan XXIII para toda la Iglesia, y aquí florecido por el soplo del Espíritu, que sopla con libertad soberana, generando entre nosotros un nuevo Pentecostés. Nuestra Iglesia diocesana aguza el oído interior para marchar al ritmo que le marca el Espíritu Santo de Dios.
El Papa León XIV, al celebrar los divinos misterios de nuestra fe católica en la nueva Basílica de San Agustín, edificada sobre las antiguas ruinas de Hipona, invocó la presencia constante y consoladora, de los santos Patronos que nunca, desde el cielo, han abandonado su tarea de interceder, con Cristo y su santísima Madre, por sus fieles, aún en los momentos de prueba, como lo han sido entre nosotros los tiempos negros de la persecución religiosa, que nos regaló multitud de mártires en el cielo.
Son ellos quienes ahora, con su intercesión y testimonio, sostienen nuestra fe católica y transforman en mejor nuestra historia. Se lo preguntaron al Papa León, y respondió: “¡Sí! la promesa del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuánto estemos oprimidos por el dolor, o por el pecado: el Crucificado lleva todas esas dificultades, porque es precisamente allí donde actúa la fuerza del Resucitado. En él renace y se acrecienta nuestra esperanza, la que nunca nos defrauda.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 3 de mayo de 2026 No. 1608

