Por P. Fernando Pascual
Parece algo obvio, pero recordarlo nos permite explicar muchas decisiones humanas: todos queremos cosas buenas.
Encontramos esa idea en boca de Sócrates en uno de los Diálogos de Platón. Sirve para ilustrar que nadie desea lo malo, sino que todo querer lo es de algo bueno.
Así, no nos basta con querer comida, sino comida buena. Ni basta querer bebida, sino bebida buena. Ni queremos ver una película, sino ver una película buena.
La lista podría alargarse y actualizarse. Queremos un buen clima, queremos unos buenos pantalones, queremos un buen celular, queremos la compañía de una buena persona.
Decir que queremos cosas buenas explica el deseo contrario: no queremos cosas malas. Porque nadie quiere una mala comida, ni una mala bebida, ni malos celulares, ni malas personas.
Los problemas surgen cuando lo que pensamos que es bueno resulta malo. Basta con leer comentarios en páginas de ventas online para identificar cuántas personas se quejan de que lo comprado no era tan bueno como esperaban.
En el tema de las relaciones personales, los problemas son mayores. Quien parecía buena persona nos traiciona, quien prometía ser un buen trabajador hace todo lo posible para boicotear un proyecto común.
Constatamos cómo resulta frecuente equivocarnos al pensar que algo era bueno cuando no lo era. Pero equivocarnos no apaga nuestro deseo profundo de conseguir lo bueno en los diferentes ámbitos de la vida.
Un error en nuestras decisiones nos obliga a ser prudentes, a pensar mejor las cosas antes de decidir, a constatar que no siempre acertaremos, al mismo tiempo que evitamos el pesimismo o la parálisis de quienes no deciden nada para no equivocarse.
Tengo que decidir continuamente, y en mis decisiones hay una constante que no puedo suprimir: quiero cosas buenas. Luego, lo que obtenga podrá ser bueno o no serlo, pero nunca eliminará esa sed de conseguir, cada día, cosas buenas que me permitan avanzar, aunque sea un poco, hacia la felicidad verdadera.

