Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
La celebración litúrgica de la Ascensión del Señor, nos recuerda la importancia de su regreso al Padre, coronación de su misión en el marco de la historia, una vez resucitado para dar paso a la misión del Espíritu Santo en nosotros, alcanzado por él y enviado juntamente con el Padre a través de su humanidad santísima resucitada y glorificada, porque cumplió el mandado del mismo Padre.
Por nosotros y por nuestra salvación descendió del Cielo y por nosotros mismos también asciende al Cielo, y está sentado a su derecha; al humillado le restituye su gloria en su humanidad para continuar con nosotros por el Espíritu Santo, adheridos a él por el bautismo, por el fiel cumplimiento de sus mandatos, en una gran apertura para ser discípulos, misioneros y testigos de su presencia como verdaderos discípulos y apóstoles.
Él sigue con nosotros vivo en nuestra comunidad la Iglesia y las comunidades eclesiales por su amor, por su aliento del Espíritu, por su sanación y su perdón; en la comunidad de amor en los sacramentos y en los ministerios.
El Padre en Jesús, por el Espíritu Santo y nuestra entrega nos invita a realizar el gran proyecto de su corazón: que todos seamos ‘cencalli’, enteramente de Casa, de su Casa, que es su mismo ser divino, participado en cada uno de nosotros por la gracia.
El seno del Padre, el Cielo, es el origen y la meta de nuestro existir.
Haber sido bautizado en el ‘nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’, es la gracia fundamental que orienta nuestro creer y nuestra existencia diaria en el acontecer trinitario: Hijos del Padre, en el ser filial de Jesús, poseedores de su álito vital, el mismísimo Espíritu Santo, Espíritu de Amor.
En este Dios, trino y uno, comunidad esencial y misterio infinito y sorprendente de amor.
En el Padre y por el Padre empezamos a amar; desde el Hijo recibimos el amor del Padre, para amar en él, por él y con él, como hijos que en el Hijo recibimos el amor del Padre y le damos esa repuesta eterna del Hijo en el Hijo al amor del Padre.
En el Espíritu Santo, comunión de amor entre el Padre y el Hijo, mutua y eterna caricia, lo recibimos en una gran apertura para donarlo ‘espirándolo’ desde nuestra existencia, en nuestro ser y acontecer.
Esta comunión de amor con las divinas personas, es propiamente el Cielo; por eso más que un lugar espacial, es un estado de plenitud en Dios, que rebasa nuestras pobres expresiones conceptuales.
De lo que pensamos del Cielo como Seno del Padre, en el Hijo, es ‘totaliter aliter’, es decir totalmente algo diferente de lo que podamos pensar, ‘lo que el ojo nunca vio, ni el oído jamás escuchó, ni el corazón humano pasó, Dios lo preparó para quienes lo aman’(1Cor 2, 9).
‘La suma y perfecta posesión de todos los bienes sin mezcla de mal alguno’, según el Catecismo de san Pío V, en la primera parte, c. XIII; solo la espera gozosa por cumplir el mandato de Jesús, ‘amen como yo’, para poseer la suma Verdad, la suma Bonda, la suma Belleza, Dios mismo, uno y trino, que implica nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación, hasta la gloria, para estar con Jesús glorificado, a la derecha del Padre, felicidad esencial e inefable.
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