Por P. Fernando Pascual
Cada día tomamos decisiones: comprar fruta, ir a ver una película, visitar a un primo, llamar a un compañero, leer un libro.
Las decisiones forjan nuestro corazón y escriben la biografía de cada uno. Habrá decisiones que nos llevan hacia el bien, y daremos gracias a Dios. Otras decisiones nos encierran en el pecado, y provocaremos daños (en uno mismo y en otros).
Para tomar buenas decisiones, una ayuda enorme viene precisamente de la Biblia, de esa Palabra que Dios ha dirigido a los hombres para manifestarnos su voluntad y para orientarnos en el camino del bien.
Una religiosa francesa, sor Emmanuel Maillard, ilustraba esta idea con una sugestiva reflexión. Lo primero es tomarnos tiempo para preguntarnos: “¿Qué es lo que deseo para mi vida? Porque, lo que decida tener hoy es lo que tendré al final del recorrido y por toda la eternidad”.
Luego distinguía entre dos opciones, una equivocada y otra correcta. En la primera opción, “me quedo así, como estoy. Viviré confinado en mi pequeño mundo sensible y pasajero, intentaré disfrutar de algunos instantes de felicidad y, cuando el tiempo y la vejez hayan realizado su obra y que todo se me haya ido de las manos, bueno… no quiero saberlo, ¡ya veremos!”
La segunda opción sería la buena: “Presiento que soy más grande que mi pequeño mundo sensible y efímero, aspiro a poder vivir un amor sin defecto y eterno; si soy capaz de desearlo, es prueba de que existe. Entonces voy a buscarlo ¡y lo voy a encontrar!”
¿Cómo lograr la segunda opción? Para sor Emmanuel, la respuesta está en la Biblia. “La Biblia es mi llave maestra para la segunda opción, la opción Vida. Por medio de la Biblia, voy a explorar a Dios y también, al mismo tiempo, mis propias profundidades y mis dimensiones secretas”.
Parece tan sencillo… Por desgracia, existe el peligro de tener la Biblia casi olvidada en algún lugar de la casa, o entre los archivos de la computada, sin que lleguemos a abrirla para conocer el camino de la vida.
Pero si nos tomamos un pequeño tiempo cada día para buscar qué me pide Dios, cómo me guía en esta jornada, todo será diferente, porque habré dado a mi alma ese alimento que necesita para vivir bien ahora y para avanzar hacia la contemplación del Dios que me ama.
(Las ideas y frases aquí recogidas proceden del siguiente libro: Sor Emmanuel Maillard, El niño escondido de Medjugorje, Asociación Hijos Medjugorje, 2010, capítulo 69).
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