Por P. Fernando Pascual
De modo imprevisto, pero como parte de la providencia de Dios, puede ocurrir que un pequeño gesto ayude a salvar una vida.
Una mujer de 40 años llamada Véronique ha decidido terminar su vida. No quiere sufrir más. Camina por las calles de París casi como un autómata, sin ánimo, sin esperanza.
Al pasar por una calle, se fija en una pegatina que se encuentra en la ventana de un coche aparcado. Lee este título: “Mensaje de la Bienaventurada Virgen María en Medjugorje”. Se detiene y lee el texto de un mensaje sorprendente:
“Hijos, no temáis, porque estoy con vosotros, aun cuando penséis que no existe salida y que Satanás reina. Os traigo la paz. Soy vuestra madre y la Reina de la Paz. Os bendigo con la bendición de la alegría, a fin de que Dios sea todo para vosotros en la vida. Gracias por haber respondido a mi llamada”.
Véronique no da crédito ante ese mensaje, que llega justo en el momento más difícil de su vida. Lo lee una y otra vez, y su corazón se despierta, hasta destruir el deseo de muerte que la ahogaba.
Con el tiempo buscará dónde se encuentra ese lugar misterioso llamado Medjugorje, e irá a visitarlo para dar gracias a la Virgen por haberle ayudado a evitar el suicidio.
Al contar la anécdota, suor Emmanuel Maillard añade un comentario sencillo y sugestivo: “El dueño del coche nunca conoció la historia de Véronique. Pero sabe que ha ofrecido sus manos a la Gospa, para pegar sus mensajes en su coche…”
En otras palabras: hay gestos que realizamos, como el de pegar un mensaje religioso en un coche, o el decir sencillamente “gracias a Dios” ante algún familiar o amigo, que abren un horizonte maravilloso a personas que están hambrientas de esperanza.
A veces hace falta muy poco para “ayudar” a Dios a llegar al corazón de una persona necesitada. Quizá nunca conoceremos el “resultado” de nuestro gesto. Nos basta con que Dios tome nuestras manos, ojos, corazón, e incluso el parabrisas de nuestro coche, para que el milagro se produzca y alguien descubra que existe un Dios que es Padre y que nos ama…
(La anécdota aquí resumida se encuentra en la siguiente obra: Emmanuel Maillard, Medjugorje, el triunfo del corazón, Asociación Hijos de Medjugorje, 2010).

