Por Jaime Septién
Desde hace tiempo lo venía pensando, sobre todo tras escuchar los discursos que se producen cada día entre quienes detentan el poder político nacional y sus amigos o arrejuntados que los acompañan. Han construido, sabia y sólidamente, una cultura de víctimas. Lo corroboré con el ensayo de Daniele Giglioli, Crítica de la víctima. Un pequeño párrafo de presentación da cuenta de lo que entraña este misterio moderno:
“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado.”
Alimentar esto me parece perverso, hágalo quien lo haga. Perverso y brutal. La víctima tiene derechos, nunca responsabilidades. Cuando se le echa la culpa a “los de arriba”, a los “del otro lado de la frontera”, a Hernán Cortés, a Cristóbal Colón, a los misioneros, a la Iglesia, a los “hambreadores”, a “los de cuello blanco”, a los banqueros, a los dueños de los medios, en fin, como en la novela de Rafael Bernal, El complot mongol, a la “Mongolia exterior”; cuando se fabrica un enemigo imaginario (no digo que el anterior elenco deje de tener personajes deleznables), se establecen las condiciones para manejar —a gusto del que maneja— un rebaño de inocentes que tienen todo el derecho de desquitarse como se les dé su regalada gana, y de exigir respeto no obstante sean los primeros en no respetar.
Giglioli —con toda razón— propone superar este modelito de sociedad paralizada, en donde solo hay víctimas y culpables, generando las condiciones suficientes para que los ciudadanos construyan una sociedad justa, dejando de cargar el pasado que les contaron debían cargar.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de mayo de 2026 No. 1609

