Por P. Fernando Pascual
Sabemos que Dios es un Padre, que desea nuestro bien, que todo lo que dispone para nuestras vidas tiene sentido desde su Amor y para que amemos más.
Pero en ocasiones sentimos una resistencia interior a abrirnos a lo que pide Dios, como si sus planes fueran enemigos de nuestra felicidad, como si quisiera precisamente lo que menos deseamos.
Para superar esa resistencia nos ayuda comprender a fondo que todo lo que pide Dios, aunque resulte difícil, siempre implica algo bueno.
A veces nos pide que dejemos objetos a los que estamos apegados, porque desea que tengamos una auténtica libertad interior.
Otras veces nos pide que cambiemos nuestros planes, que dejemos a un lado un viaje muy deseado, porque prefiere que estemos en casa disponibles a ayudar a un familiar necesitado.
Otras veces nos pide que renunciemos a esos deseos de venganza revestidos, engañosamente, de justicia, porque sabe el daño que producen esos deseos y porque espera que demos ese gran regalo del perdón.
A lo largo del camino, Dios manifiesta su voluntad de modos sencillos: un retraso en el tráfico, una llamada telefónica con una noticia difícil, un choque con un compañero de trabajo, una enfermedad que llega lentamente, una homilía durante la misa del domingo.
Nos corresponde, ante esa voluntad, pedir apertura interior, confianza de hijos, y una mirada que vea más lejos de lo que “perdemos” para intuir aquello novedoso (y bueno) que Dios nos ofrece y nos pide ahora.
Luego, tras acoger con esperanza lo que Dios nos pide, descubriremos nuevos caminos en nuestra vida, quizá no imaginados antes, pero que nos llevarán poco a poco a un mayor abandono en el corazón de un Dios que es Padre y que cuida de cada uno de sus hijos con un cariño eterno y personalizado.
Imagen de kp yamu Jayanath en Pixabay

