Por P. Fernando Pascual

Existo, y podría no existir. Soy contingente, no me hice a mí mismo. Pero existo, y sé que en mi vida hay mucho amor.

Existo, y comprendo que todo se explica porque hay un Dios que crea por amor, que mantiene por amor, que perdona por amor, que llama por amor, que me espera, para siempre, en el amor.

Me sorprendo al verme tan frágil. Basta, como explicaba Pascal, una gota de agua para que llegue el final de mi existencia terrena.

Pero ya que Dios es eterno, y su amor al crearme no tiene fin, mi existencia tiene algo de “necesario”, precisamente porque Él me mantiene “ahora” y me abre las puertas de la eternidad.

Lo que pienso sobre mi contingencia vale para todo lo creado. El mundo pudo no haber existido, pero aparece ante mí, como un diseño de ingenio infinito, como una manifestación continua y llena de novedades de un plan maravilloso de Dios.

Sé que hay hechos que no consigo explicar, incluso que me llevan a preguntas que nacen del corazón: ¿por qué existe mal en este mundo? ¿Por qué sufren los inocentes? ¿No pudo haber sido todo de otra manera?

En este mundo, el mal, como el bien, son contingentes, pero siguen ahí, en una mezcla misteriosa que permite que la rosa tenga espinas, que la sonrisa de una madre quede empañada por el gesto de dolor de una enfermedad incurable.

Somos contingentes y amados por Dios. Somos frágiles, y llevamos un aliento divino que dura para siempre. Somos, a veces, pecadores, y la misericordia se nos ofrece como rescate.

No consigo entender por qué un día mi vida se hizo real, concreta, desde el amor de unos padres y entre las acciones de quienes me rodeaban.

Guardo silencio ante ese misterio de mi vida y de la vida de quienes me han precedido, de quienes me rodean, de quienes están a punto de nacer, de quienes nos han dejado.

Miro al cielo. También las estrellas son contingentes y, sin embargo, Dios las llama a cada una por si nombre. Como me llama a mí, pequeño hijo de Adán, que camina en un mundo lleno de misterios y, sobre todo, empapado de un amor eterno de un Padre que es también mi Padre bueno…

 
Imagen de Janusz Walczak en Pixabay